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Transmitiendo un poco de Yogyakarta, mi ciudad favorita de Indonesia

Como mis lectores saben, me rompí un pie en el sur de Sumatra y terminé dos meses descansando en Yogyakarta ya que, por suerte, mi tía tenía un amigo en la ciudad.

Pasé muchos días con muletas y compartiendo tiempo con expatriados pero también tuve la oportunidad de hacerme una amiga local que me mostró parte de la ciudad.

Malioboro, Yogyakarta, Indonesia
Entre ángeles y dioses de madera en Malioboro.

Aquí comencé a entender un poco más la cultura javanesa. Su dialecto suena más suave y agradable al oído que el de Sumatra. Asimismo, su gente suele estar mejor predispuesta a ayudar a los extranjeros sin esperar nada a cambio aunque nunca nos deshagamos del estigma de la palabra “Bule”.

Yogya fue un descanso del país. Quedaron por un tiempo suspendidos los largos viajes en combis con gallinas y al menos cinco cigarrillos prendidos. Me di una panzada de asados, helados y siestas. También trabajé sin parar en todo lo que tenía atrasado de la página. Y entre todo esto, de a poco, fui conociendo la ciudad. Al principio en muletas sobre la motocicleta de mi amiga, luego rengueando pero por mi cuenta.

Está catalogada como una ciudad grande pero realmente no lo parece. Sus casas rara vez tienen más de dos pisos lo que da una sensación de pueblo que sólo es rota cuando el semáforo se pone en verde y la calle se llena de cientos de motos. Automáticamente te envuelve la misma sensación cuando te das cuenta de que nadie cierra las puertas con llave y los cascos de las motos permanecen inamovibles sobre los vehículos esperando que su dueño vuelva a montarlas.

centro de Yogyakarta, Indonesia
Algunos edificios públicos tienen un marcado estilo colonial.
ruinas en Yogyakarta, Indonesia
Unos niños tapándose la cabeza del sol con un poco del verde de la ciudad.
Sumur Gumuling, Yogyakarta, Indonesia
Camino a Sumur Gumuling, uno de los lugares para descansar del calor.

Si tuviera que describirla con tres conceptos diría que es la Ciudad del Verde, las Motos y los Detalles. Hay árboles por todas partes, enredaderas y yuyos que crecen libremente, campos de cultivo entre casas céntricas, ríos, verde, verde, verde… el color característico de Yogya a mi entender. Por otro lado, la gente no camina aunque esto es típico del país pero se siente más aquí. Les decís que tenés que ir al minimercado que queda a 200 metros y te ofrecen la moto o te miran con cara de “pobrecita cómo va a hacer para caminar todo eso”. Por ello las motos inundan las calles como nunca vi en ninguna parte del país (excepto Jakarta) entremezclándose con el verde.

Muchos llevan máscara cuando conducen pero no por la polución del aire sino porque inevitablemente tenés motos en frente que te tiran su vaho sucio. Ni hablar de la cantidad de cosas que pueden llegar a trasladar en una moto. A veces ves dos hombres con una mesa grande haciendo equilibrio en el medio, o dos modulares atados dejando apenas lugar para el conductor.

Incluso cuando van al supermercado, ponen algunas cosas en el compartimento debajo del asiento, el de atrás lleva una mochila grande más cuantas bolsas pueda en ambas manos y delante de él. Otras tantas bolsas entre las piernas del que maneja y fácilmente están transportando las compras del mes. Dada la cantidad que hay, todo parece girar en torno a ellas.

La ciudad, de repente, se transforma en una sucesión de tiendas de accesorios, talleres mecánicos, botellas con gasolina, stickers con formas ocurrentes, máscaras de colores que combinan con los anteojos de sol, estacionamientos exclusivos para vehículos de dos ruedas y hombres que te la cuidan por 1’000 IDR poniéndola en su lugar y sacándola a la calle cuando la necesites usar. La ciudad porta algunas características de Indonesia pero concentradas, como suelen hacer las grandes urbes.

calle en Yogyakarta, Indonesia
Más motos que autos, ¡tan indonesio!
IMG_7865
Desde la parte de atrás de la moto sacando fotos. Este señor se rió y me saludó. Por aquí todos usan casco, no como en las zonas rurales.
transporte en Yogyakarta, Indonesia
Alguna de las alternativas para distancias cortas. Y lo que tiene en la mano el conductor es uno de las bebidas que te venden por la calle y que las tomas de una bolsa.
autobús en Yogyakarta, Indonesia
Algunos andan en bici pero no es muy popular, quizás por el esfuerzo. La idea es no transpirar. El sombrero lo ves más en el campo pero por los mercados aparece seguido también.

En el medio aparecen los detalles, mis favoritos. Cada callejón te sorprende con un grafiti único, una sonrisa de una anciana o un grupo de indonesios practicando alguna canción con la guitarra. Al mes de ver los carritos de tentempiés pasando por la calle me di cuenta que cada uno tiene un sonido característico. Algunos es sólo un golpe rítmico, otros tienen una canción (como Macarena para mi sorpresa) que están asociadas a un producto específico (pan, choclos y helado entre otros). Así, cuando estás tirado en tu casa mirándote el ombligo y de repente escuchás una musiquita repetitiva sabés si salir corriendo a la puerta o no según el antojo que tengas. Cada cosa tiene una razón de ser planeada al detalle, incluso cuando pensamos que está librada al azar.

graffiti Yogyakarta, Indonesia
Never ending Asia… un deseo plasmado en un mural
arte urbano Yogyakarta, Indonesia
Una pintura en la pared, no me canso de ver el arte que porta la ciudad.
tradición Yogyakarta, Indonesia
Bailes tradicionales.

Un dato curioso es que, por lo general, carece de veredas por lo que suele tomar un tiempo darte cuenta que nadie va a atropellarte incluso en las calles más transitadas y en hora pico. Pero hasta el más pequeño sabe cómo esquivarte.

Me sorprendió descubrir que el TransYorgya, sistema de transporte público, consta de buses nuevos con aire acondicionado. Pagás solamente una vez el boleto y luego podés hacer cuantas combinaciones quieras hasta llegar a destino. En la puerta de cada bus hay una persona que te asesora sobre dónde bajarte y qué tomar luego. He llegado a hacer tres o cuatro combinaciones para ir de un lado al otro. Cada tanto me daban ganas de meterme en uno sólo por el aire acondicionado, sobre todo alrededor del mediodía donde el cemento ya caliente y las personas con camperas para taparse del sol me transmitían una sensación de sofocamiento que me llevaba a transpirar por mí y por ellos.

Probé por primera vez comida típica javanesa y la amé. Es dulce y sin picante. Me encantó la mezcla de carne con coco rallado y la cantidad de bebidas diferentes que tienen. También quedé prendada del Siomay, Pempek y ante todo mi fruta preferida: Sirsak. Pronto subiré un post sobre ello.

La comida es increíblemente barata por lo que cada vez que salíamos comíamos afuera. Lo extraño es que cuesta menos comer en un restaurante local o en un Warung (carpa sobre la calle con mesas) que en tu casa. Dos platos de Siomay más dos licuados de fruta costaban alrededor de dos dólares. Me empaché de las panzadas que me daba “recuperando fuerzas” (buena excusa).

comida Yogyakarta, Indonesia
Preparándome mi Siomay en mi lugar favorito.
mercado Yogyakarta, Indonesia
El mercado sobre Malioboro con todo tipo de comidas disponibles.
qué comer Yogyakarta, Indonesia
En la puerta del Kraton una señora vendiendo maníes y bananas.

En Indonesia en general no saben lo que quiere decir “hacer dedo”. Te saludan, te dicen Bagus! (todo ok) o paran para ver si estás bien. Cuando les consultaba si podía ir con ellos unas cuadras por lo general me terminaban llevando hasta la estación de buses. Lo que era de gran ayuda ya que sino me llevaba 30 minutos caminando bajo el sol.

Una noche me bajé del bus y tomé el camino equivocado por lo que tuve que volver sobre mis pasos hacia el lado contrario. Una señora salió de su casa y me paró consultándome qué estaba haciendo. Me había visto pasar dos veces y no entendía cuál era mi problema. Intenté explicarle que vivo flotando en un mundo de sueños que me lleva a tomar las calles equivocadas, pero sólo hablaba indonesio.

Llamó a su hijo y comunicándonos con muy poco inglés me dijo que él me iba a llevar. Me dio a entender que era una locura ir sola de noche hasta allá rengueando y con bolsas de supermercado. Una vez allí le dije que por favor agradeciera mucho a su mamá. Después de todo mi mundo de sueños me lleva por el camino justo, a la puerta de quien me da una mano. En Yogya me sentí cuidada por todas las madres y señoras que me ayudaban sin poder creer que estaba tan lejos de mi país sola por la vida. Una vez me advirtieron sobre la seguridad de la ciudad sin saber cómo es América Latina ni con el instinto de supervivencia que adquirimos desde chicos. Son cosas difíciles de explicar por lo que asentí y prometí tener cuidado.

Los expatriados en la ciudad no son muchos por lo que la mayoría parece conocerse entre ellos. Los hay de Argentina, USA, España y Alemania entre otras nacionalidades. Algunos armaron sus vidas allí, otros solo fueron a trabajar por un par de años. Me llamó la atención que se puede vivir casi como en Buenos Aires armando asados entre amigos, comiendo ribs, empanadas caseras y chapoteando en la piscina de algún conocido. Domingos de cine, sábados en algún buen restaurante y en la semana trabajando. Por momentos sentía que estaba en mi país hasta que salía a la calle y escuchaba “Bule! Bule! Hello Miss!!!”o pasaba el carrito con Macarena de acompañamiento musical.

Las puertas abiertas, las sandalias en el porche, la gente descansando o tomando algo en las aceras… la ciudad-aldea. Mi favorita: Yogya, como le llaman los locales y los que la queremos.

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Caminando tranquila de repente me topaba con un pedazo de tierra repleto de estos animales atados en palos. Los dejan allí hasta que llega un comprador. Se venden por lote. Yogya es rural a veces.
cultura Yogyakarta, Indonesia
También acá las mujeres cargan cosas sobre su cabeza con arte y estilo.
vestido Yogyakarta, Indonesia
La ropa es un poco diferente a lo que estamos acostumbrados… este es un vestido para ir a un casamiento.
mercado de ropa Yogyakarta, Indonesia
Bye Bye, se despide la vendedora del puesto con cientos de carteras de «marca» (same same but different).

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