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Foot Work, una señal bastante directa (a mi pie)

Me había perdido en el enfermizo correr en busca de lo nuevo y en escapar de ese alguien que estaba pisándome los talones haciéndome sentir tanto dolor. Más allá de mi relación con él, mi relación con el universo se me estaba escapando de las manos. Nada bueno podía salir de ir en busca de mundo estando cada día más ciega, corriendo, a veces delante y otras detrás, de un fantasma.

El cosmos confabuló para ponerme de nuevo en el camino correcto: no corras, no escapes. Sentí dos manos invisibles estrujándome el pie hasta sacarme lágrimas. No es un trapo mojado, intenté explicar, pero el daño ya estaba hecho.

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En el aeropuerto de Jakarta esperando la conexión me escribió un amigo preguntándome si tenía un recuerdo fotográfico de la aventura en silla de ruedas. Un segundo después, portando mi mejor sonrisa, le pedí a un indonesio que no paraba de preguntarme si estaba sola con mi «caqui patah» (pie roto) que me tomara una foto.

No se desentendió de mi del todo. La idea era que volviera a conectarme, no que desistiera de mi vocación (si es que eso es posible). Puso personas en mi camino, desde el primer segundo, que me ayudaron a ir al hospital y poder manejarme con un pie roto. Aún así no lo entendí.

Siguieron la bronquitis y la gastroenterocolitis. Lo que no te mata te hace más fuerte.

Apenas me internaron sentí que iba a estar bien hasta que me pusieron en la habitación con una anciana muriéndose, la pared llena de sangre vieja, sin remedios para la fiebre (38.5 no me dejaba pensar) y con suero en uno de los brazos. Todo se veía negro. Supongo que primero tenía que limpiar lo que había antes para poder escribir sobre ello.

Al día siguiente mis ángeles me convencieron de tomarme el vuelo a Yogja donde tenía un conocido y los médicos hablaban inglés. A partir de allí las cosas mejoraron. Cuando me dieron la cita con el especialista me levanté sonriendo. Lo primero que ví al abrir los ojos fue un sticker pegado en el control del aire acondicionado con la leyenda “Foot Work”. Ahí fue cuando comencé a pensar en las señales.

Señales del mundo en viaje
El mensajito que se llevó la tristeza y me puso a comer como una desquiciada de nuevo. Llegó en el momento oportuno, como caído del cielo. A veces me hace pensar en el destino ya que llevó tiempo y acciones ajenas que llegara a mi. ¿Estaba por las dudas o mi caída estaba predestinada? Prefiero creer que mi camino lo elijo yo y que es como un libro  «armate tu propia aventura» donde, según por donde vayas, hay cosas que se sabe que pasarán.

Me pusieron yeso y muletas, se me curó la bronquitis y recibí mucho apoyo online y telefónico.

Dos días después me desperté para ponerme a escribir, con la mente completamente en blanco. Qué me pasá? No tengo ganas? Necesito hacerlo! No puedo permitirme no escribir! Y saben qué? Levanté la mirada y vi verde por primera vez en más de dos semanas. Con mucho esfuerzo salí al balcón, cerré los ojos y dije “como te extrañaba mundo, no te vayas más. Quiero reponerme rápido para poder seguir recorriéndote y aprendiendo de vos. Ayudame.”.

Me di cuenta que no necesito escribir. Cuando las ganas vienen es el momento adecuado para hacerlo. La pluma, o en este caso el movimiento de los dedos sobre el teclado, fluye cuando hay algo para decir. Y si mi fin es esparcir un mensaje de alegría, unión entre culturas y solidaridad necesito estar bien para ello. No se mentir, se me nota en las letras y en los silencios.

Mi habitación tiene grandes ventanales que los dejo abiertos para que entre el olor a verde, madera quemada, o lluvia. Me motivan. Me dan ganas de salir corriendo a tirarme en el pasto y darle un fuerte abrazo a algún pedazo de tierra. Pronto lo haré. Mi sonrisa volvió. El pasado de a poco se queda en su lugar. Lo más difícil del mundo es la lucha interna, aprender a tener control sobre la propia mente. Creo que a todos nos pasa pero la mayoría tienen una mente tan poderosa que les inventa fantasmas para engañarlos y poner males donde hay aire. Si sabemos luchar contra nosotros mismos tenemos el mayor de los poderes: el de hacer lo que nos plazca y no sufrir ante cada paso.

La tinta vuelve a mi teclado y mi espíritu a revivir. O quizás es al revés (la gallina o el huevo vino primero?). Una vez más me encuentro, encuentro al mundo, y a vos que estás del otro lado. Doy gracias por mi pie roto. De ahora en más voy a prestar más atención a las señales para que no necesiten ser tan directas. Te invito a hacer lo mismo y a contarme esas cosas locas que el destino puso ante vos.

Accidente en viaje
Armando el post me quedé pensando que no tenía ninguna con el yeso! Así que CLICK. Mi yeso, mis muletas y mi buen humor en la habitación de Yogyakarta.

 NOTA POSTERIOR

Mis amigos me recordaron distintos momentos donde tuve accidentes parecidos y me hicieron reír y quedarme pensando en el por qué (todo tiene una razón de ser). Como cuando fui al casamiento de una de mis mejores amigas en ojotas porque tenía un pie mal. O cuando me caí en plena excursión al Perito Moreno, se me inflamó la rodilla y caminé por horas sobre el glaciar sin que me importara demasiado (y la pasé bárbaro!).  Los demás días seguí haciendo trekings. Cuando volví a Buenos Aires tuve dos meses de reposo y 6 con dolores, pero valió la pena. La caída de Tailandia aún la recuerdo por las cicatrices de las piernas, pero esa fue porque estaba triste (diferente historia).

Auto mensaje: A caminar más despacio, cuidarse y dejar de volar con la mente cuando estoy en movimiento. Hay que estar presente en cada paso sintiendo la tierra bajo los pies.

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2 comments

  1. holaaa… me alegro de que ya estés recuperada, sobre todo de ánimo…, y bueno, de todo se puede sacar algo bueno, aprender y seguir adelante, así que ánimo y no pierdas la sonrisa por nada … ni por nadie!!! 😉

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