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Escapando de Saigón camino a la playa – Pensamientos viajeros

Finalmente llegué a Saigón y no me enamoró. La relación que uno tiene con los lugares es muy personal y a veces simplemente me dan ganas de irme de alguno, otras de quedarme lo que mi conciencia me permita. No sé bien por qué mi relación con Ho Chi Minh comenzó sin perfume y sin sonrisas, pero me empujó a querer un respiro de sus calles sucias y su calor empalagoso.

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Ibamos rápido sino tendría mil fotos de las cosas que lleva la gente en la moto. Gallinas, casi una habitación para mudar, cinco personas, tantas cajas como las que me atrevería meter en un auto…

Así fue como con un brasilero, que me habló el primer día en el hostel (20 camas consecutivas que te hacían sentir en una colmena), alquilamos una moto y nos lanzamos a la aventura. Teníamos un nombre: Long Hai. Supuestamente nuestra meta sería alcanzada en 80 km que resultaron una gran mentira de tres horas intentando seguir una foto de la ruta que debíamos seguir.

A la primer señal de que estábamos perdidos le pregunté a un señor sobre una moto cargada de cajas, hacia dónde dirigirnos. Mi dedo derecho giraba como una brújula rota mientras ponía cara de “no tengo la mínima idea de dónde me metí esta vez ni de cómo llegar a destino” y señalaba el nombre del lugar al que pretendía llegar. Se señaló a sí mismo y nos hizo señas de que lo siguiéramos. El arte de hablar sin palabras cuando uno lo necesita es el mejor amigo del viajero. Veinte minutos después, cuando tuvo que irse hacia el lado contrario, nos regaló cuatro botellitas de una bebida similar al gatorade. Su primera intención fue darnos sólo dos, pero al ver lo felices que estábamos nos dio dos más. ¡Cuán distinta es la gente que uno ve como turista de esta otra tan dadivosa!

Con ayuda llegamos a un ferry que nos cruzó al otro lado de andá a saber qué río. Y desde allí, con el sol enrojeciéndonos los brazos, seguimos camino hasta que vislumbramos las primeras playas.

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Y son capaces de llevarlas cargadas con líquido también.

Felices, intentamos ir a una de esas tan lindas que veíamos desde un rulo de la carretera pero nos echaron rápidamente con una sonrisa, como es de esperarse que te echen para que no vuelvas más. Eran playas privadas pertenecientes a grandes hoteles sin intención alguna de acoplarse a la idea comunista de uso popular (¿O quizás es sólo de pertenencia popular pero que el pueblo no puede usar?). Unos kilómetros más y llegamos finalmente a la playa pública, tan distinta de esas doradas que vimos minutos atrás.

Pisé un escalón en busca de la arena y se me abalanzó una señora señalándome una bandera negra con una calavera indicando muerte asegurada. Una vez más acudimos a la mímica para consultar dónde podíamos nadar. Caminamos hasta las boyas que nos daban permiso para entrar pero a mi me invadió un poco de vergüenza frente al inminente “chau al vestido, hola a la bikini”. ¿Por qué? Tenía frente a mí metros de arena vacía, si no cuenta la infinidad de basura como un ocupante que toma sol.

Más allá, en frente de un complejo, había una seguidilla de carpas azules con personas apiñadas dentro. Todos vestidos, con cremas anti bronceado, cerveza en mano y cocinando su propia comida en pequeñas parrillitas improvisadas. En el mar había un par de niños (no niñas) chapoteando, algún que otro adulto y dos señoras completamente vestidas y con sombrero.

playa Ho Chi Minh
Algunos símbolos son universales por suerte.

El mundo occidental es sin duda un adorador del sol, el león de la melena rubia que se pasea por la sabana africana. En cambio, oriente es un topo que se ve cegado por demasiada luz (¿O era que ya estaba cegado de antemano?). El sol le daña la piel y el orgullo. Pero ser topo no quiere decir ser débil o temeroso, después de todo los túneles de Cuchi fueron un factor importante en la batalla contra los americanos en Vietnam. Ideas y analogías erróneas, como se esperaría de un occidental por estas tierras, pero que me divierten visualmente.

playa Saigón Vietnam
Y yo me moría de ganas de sacarme el vestido del calor que hacía, incluso a la sombra.

Unos señores nos preguntaron si queríamos una cerveza, la gente nos miraba con curiosidad y todo el mundo nos llamaba y se reía. Cuando dejamos de ser la atracción, tiré mis cosas en la arena, y fuimos a nadar. Las olas eran inmensas para mi tamaño (aclaración por demás pertinente dado que mido 1.6 metros). Me arrastraban de un lado al otro como si fuera una marioneta dirigida por un titiritero histérico que no se pone de acuerdo qué papel debe tener en la obra aquella figurita tan pequeña. De la mano de mi amigo saltaba las olas, extasiada con la inmensidad del mar y el movimiento circular que produce en mi cuerpo.

Unos niños se acercaron a jugar pero de repente pusieron caras de enojados y nos empezaron a decir que no. ¿No a qué? Nos lo preguntamos por 10 minutos hasta que logramos entender que nos decían que no vayamos a la izquierda porque era peligroso. Resulta que tampoco podíamos nadar porque era peligroso. ¿Será que no saben nadar? La corriente me arrastraba directo a la playa por lo que no parecía haber nada que temer. Pero se pusieron tan determinantes que les hicimos caso.

El “NO” parecía explotarles desde dentro inflándoles la cara al punto que quedaban rojos como las brazas que usamos en mi país para el asado (mejor ni recordar esta palabra, cambiemos “asado” por “arroz rojo”). Desistimos y las sonrisas volvieron a sus caras. Todos felices, saltando, cantando. En el ínterin tragué bastante agua lo que me dejó enferma por 4 días a líquidos y galletitas (de agua para variar). A cuerpo débil, alma fuerte. Nada importó para seguir recorriendo, aunque a paso más lento.

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Chapoteando. Pero este era el lado aburrido, el sin olas. 🙂

Nuestro día terminó comiendo calamares y luego de nuevo a Saigón. Pensé que al venir a la playa iba a escapar de la basura, pero me equivoqué. Aún me cuesta aceptar la suciedad y el descuido de los asiáticos para con el medio ambiente (generalizo pero Malasia, Singapur y Brunei quedan fuera). Apenas terminaban de comer dejaban las bolsas en el piso y si el viento las llevaba al mar a  nadie le importaba.

Quedó en mis recuerdos como una tarde más de esas que todo se decide en el presente y termina sacándote sonrisas. Una tarde más anecdótica, de contrastes y de viaje.

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Van con la parrilla caminando por la playa. Terminás comiendo arena también pero se disfrutan.

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