Hechizos

En medio del diluvio un hombre ya entrado en años corría al colectivo. ¡Cómo me gusta viajar! Sobre todo cuando llueve y todo parece tener esa mirada melancólica y una sonrisa esbozada como pensando en algún momento del pasado.

El colectivo en días de lluvia me hacía soñar con aquel lejano deseo de conducir mi auto hacia centro América huyendo de las presiones de una familia en cierto modo aristocrática que sabía señalar errores pero incapaces, en su mayoría, de extender una mano a una señorita que de todos modos rara vez se dejaba ayudar. Huir de una Argentina pobre, de la miseria humana, del olor a viejo descuidado que tenían las calles, del cuadro que mostraba a un ladrón señalando al presidente;  de sueños tan deseados que se creían (quizás por cobardía) imposibles, de la supuesta falta de talento. Huir, también, de los amores cobardes que llenan los huecos de las noches y dejan surcos salados, indicando ríos ya extintos en las mejillas de los valientes.

–         ¿Escuchás?

Me dijo mi mamá al oído, sin tener idea de que interrumpía el acto sublime de soñar.

–         ¡Crick! ¡Crick! – me miró con cara de asombro – ¡Es un grillo!

Por unos segundos sonreí para darle paso a una breve risa al mismo tiempo que le señalaba el parabrisas.

Son esas lindas ocurrencias las que me hacían sentirla más cerca dejando de lado el mal tono y la tristeza. Ella siempre tan cándida, tan ingenua.

 

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