2.7 Kilos

Arg 003

El lunes mi madre le pidió a mi padre que me lleve a casa en auto (sobreprotección de la que hacen uso todas las madres, pero la mía en mayor medida).  Dimos demasiadas vueltas (lo distraía con la excusa de querer practicar inglés); por ello, no sabría especificar en qué barrio se encontraba ese semáforo que presenció la escena.

Un señor se acercó al auto y, mientras golpeaba la ventanilla nos dijo que era mecánico y  que “no quería robarnos” (mantenía las manos delante, visibles, como queriendo corroborarlo). Había nacido su hija (2,7 kg.) y necesitaba dos pesos para poder ir al hospital a verla. “¡Le vendo mis herramientas si quiere!” – nos dijo. Le dimos las monedas. En este mundo no es una obviedad ese acto.

Me sucedió algo muy triste: en ese momento, en un instante, me di cuenta que ya no deseaba que nuestro país (mí país) fuera como quería sino como pensaba antes que era.

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