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No vayas a Somiedo – Asturias, España

Alguien que me encontré en Somiedo me contó que una periodista de la que no recordaba el nombre había dicho que era un lugar real. ¿No todos lo son acaso? Sí, pero no todos lo parecen. Un lugar real no gira en torno al turismo ni a vos. En un lugar real te sentís un observador, un ser que es aceptado pero que bien podría no estar allí sin que cambie el día a día de sus tierras.

Me interné en un zigzagueante ir, bajar y subir de asfalto por la montaña. A partir de Aguasmestas apenas hay espacio para un carro y una moto lo que, al menos dos veces, hizo que tuviera que frenar de golpe en alguna curva. La mayor parte del viaje estuve sola, sin sentirme sola. El verde lo cubría todo, las montañas se ondulaban y volvían a estirarse y a ondularse de nuevo, dejando entrever entre su maleza algún pueblo en la colina continua. Respiré profundo, al fin estaba sola sin sentirme agobiada. Al fin un pedazo de tierra de pocas palabras, sin cámaras de foto y sin tumultos.

En Villar de Vildas las señoras hablaban un idioma extraño, un asturiano desdibujado. Las vacas, que tenían cuernos, se mostraban reacias a la cámara mientras que los ganaderos me preguntaban que era ese aparatito (mi GoPro). Su castellano era extraño y se notaba que hacían un esfuerzo para entrelazar las palabras de forma coherente. Subí caminando, entre las campanas del ganado, al Pornacal donde se encontraban las casas de verano de los vaqueiros, antiguos pobladores nómades de la zona. Los campos estaban cubiertos de flores silvestres y escuchaba el fluir de un arroyo a lo lejos. Me senté y suspiré de nuevo. Serían solo dos noches… si tan solo encontrara la forma de prolongar el tiempo…

Las casas de los pequeños poblados eran casi todas de piedras con hórreos (estructuras tradicionales para guardar la cosecha) salpicados por aquí y por allí y lugares para resguardar las vacas preñadas. Las poblaciones de Somiedo son mayormente ganaderas y en casi cada rincón de sus tierras se escucha a lo lejos, o muy cerca, el tintineo de las campanas que llevan al cuello.

El segundo día tomé mi moto y comencé la subida que va a los lagos de Saliencia. Un ciervo cruzó a saltos la carretera sin importarle mucho el ronroneo del motor. Recordé que me contaron que es uno de los pocos lugares de Europa donde se divisan cantidad de osos en estado salvaje. De esos que no dan miedo, no como los de Canadá, por lo que entrecerré los ojos para poner mi atención en un punto de luz y crear un deseo. No vi osos por más que me concentré varias veces en haces de luz. Pero allí están y a veces aparecen muchos juntos, según me dijeron.

La caminata al primer lago fue corta pero el sol la tornó larga para la mente y el cuerpo. Subí a la primer colina y me quedé mirando el lago con sorpresa. La primera vez que tuve que rebajar la saturación de la foto de un lago fue en un mirador del Upsala en Argentina; ésta sería la segunda. Más allá de los colores, las formas y la vista, lo que me atraía era el silencio y la falta de palabras flotando en el aire. Estuve en muchos paisajes impresionantes, tantos que ya no me acuerdo los nombres de algunos; pero muchos de ellos, como Yellowstone, vienen cargados de pisadas, de bullicio y de poca aventura. Vos que me conocés un poco sabés lo que me gusta sentir: la búsqueda de esa conexión con la tierra y ese silencio humano y ese latir de la naturaleza. Quiero sentir mi aventura mía y compartirla con quien yo elija en el momento adecuado. Quiero sentirme viva, sentirme loba, exploradora, niña curiosa… todo menos ser parte de un colectivo que se mueve en masa sin pensar ni conectar demasiado con nada excepto entre sí mismo. Estoy siendo un poco dura. Me encanta conectar con la gente pero también tener estos momentos íntimos en los que uno entabla una conversación con la naturaleza a través del silencio. Aunque, si soy sincera, debo admitir que a veces se me da por cantarle algo lindo.

Volví del lago pensando “Somiedo me lo quedo para mí”, pero aquí estoy presionando las teclas, una tras otra, un poco dudando, un poco con ganas. No vayas a Somiedo, tenía ganas de decirte. No vayamos, no lo contaminemos con turismo: dejemos su magia intacta. No tiñamos sus pueblos con hoteles, ni sus carreteras con el motor de los carros, ni sus tierras con letreros. No vayamos a Somiedo; que nos basten las fotos. Que Somiedo siga siendo real, que siga siendo uno de esos lugares que aparecen en tu lista de deseos. Soñémosle, pensémosle, preservémosle.

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