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Salento: la cajita de sorpresas – Colombia

Mientras más me internaba la ruta dentro del eje cafetero, más sentía el fresco que sacaba las gotas de sudor que traía puestas, cual brillantina, desde Cali. Al fin montaña, al fin aire puro.

Tomé el desvío al pueblo. De a ratos los costados de la ruta dejaban entrever un mar bravo de plantaciones de café. Me hicieron acordar a las plantaciones de té en Cameron Highlands, al otro lado del mundo. Las plantas de café son un poco más altas y un poco más desordenadas, como si intentaran decirme que esto es Latinoamérica y no Malasia. Me reí. La gente también es un poco más alta y un poco más desordenada.

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Ni bien entré al pueblo me encontré con la gasolinera pero decidí seguir de largo por los precios. Más tarde me daría cuenta que no había otra opción. Un poco más allá estaba la calle más empinada de Salento retando a mi motocicleta a subirla sin apagarse ni chocar a nadie. Tomé una bocanada grande de aire y aceleré sin pensarlo demasiado. Los actos de valor se toman casi por inconciencia, pocos nacen de un pensamiento prolongado. Al final de la loma frené todo lo rápido que me permitió Sami. Levanté la vista y me encontré con una enorme plaza. Su centro estaba cubierto de carpas y puestos: mitad feria de artesanías y mitad patio de comidas. Las puertas de las construcciones que rodeaban la plaza estaban cubiertas de artesanías y, cuando esto no sucedía, apenas hacía falta cruzarla para ver las mesas con sus comensales. Suspiré, no tenía ganas de quedarme en un pueblo turístico. Había llegado con necesidad de lo auténtico, de aquello que no está montado para una billetera gorda y se repite una y otra vez como si el premio se lo dieran por calcar cosa sobre cosa. Ya era tarde, no tenía más opción que darle una oportunidad.

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Llega un punto donde todas las casas antiguas y todos los pueblos tienen un sabor parecido dentro de mi cabeza. Supongo que es “el mal del viajero” pero también lo bueno porque uno comienza a fijarse en otras cosas. Volvemos a lo básico: a las cosas vivas y a las historias que se tejen entre ellas. Dejamos un poco de lado las estructuras rígidas. Hace tiempo que me pasa esto, incluso desde antes de comenzar el blog. Recuerdo cuando estuve por primera vez en la Acrópolis de Atenas y no sentí nada. Tantos años soñando con ello para darme cuenta que la piedra no siempre cuenta historias, o al menos están en un lenguaje que sólo los arqueólogos entienden. Aquí estrenó su obra Sófocles, aquí se adoraron los dioses griegos que tanto me fascinaron de niña. Pero todo eso me lo cuentan los libros, no la piedra. En Salento me pasó algo parecido al principio. Es un pueblo agradable con casas antiguas pero me daba lo mismo.

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Busqué un lugar donde quedarme por un precio económico, como máximo 6 USD. Paré en una fachada que no me decía mucho pero tenía dos chicos sentados al frente. Pregunté por alojamiento y me dejaron una cama en una habitación para tres personas a un precio razonable. La moto durante el día la dejaba afuera y por la noche si quería la entraba. Entré con los bolsos estanco y paré en seco ni bien crucé la puerta. La fachada era la de una casa de un solo piso, simple y sin demasiado encanto más que por los marcos de madera y los colores fuertes. Era como una caja mágica que encierra un mundo dentro. Del otro lado tenía dos pisos, una baranda colorida que asomaba a un relieve verde en la montaña con sitios donde descansar y poner las carpas varios metros hacia abajo y luego de vuelta hacia arriba con más casas en otro sector de Salento.

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Salí a caminar y descubrí que el encanto del pueblo no residía en sus fachadas sino en lo que escondían detrás. Cada una distinta pero cada una era una cajita de sorpresas, incluso cuando encontrabas una casa convencional esperando un barranco encantado. Incluso los recovecos del pueblo te hacían subir y bajar la vista entre distintas tonalidades de verdes. Pueden verlo ustedes mismos, basta ir hasta el hostel La Casona, caminar por el terreno verde de enfrente y asomarse con un poco de vértigo.

El segundo día fui a la finca Don Elías a ver las plantaciones de café. Podría haberme alejado unos kilómetros más y tocado la puerta de alguna finca cualquiera pero tenía una buena vibra en cuanto a este sitio por más turístico que fuera. Y sí que lo era. Entre vistas abiertas de postal me encontré con carteles indicando el camino. Apenas llegué a la puerta me encontré con tres turistas que también querían hacer el tour. Ellos lo iban a hacer en inglés. Por mi hubiera estado bien pero quería grabarlo en castellano para luego armar un video. Llamaron al hijo de Don Elías que amablemente me hizo un tour para mí sola al que luego se sumaron dos búlgaros que hablaban español. Al finalizar el recorrido me dejaron ir y venir por la finca tomando fotos y nos sentamos a tomar café y charlar sobre la vida. Sus niñas iban y venían porque no querían bañarse e intentábamos convencerlas. Habremos estado al menos dos horas conversando sobre la Colombia de los narcos, la actual, la época en la que él estuvo en el ejercito, nuestras vidas y el amor. Tópicos que estoy acostumbrada a abordar con un mate de por medio. Esa tarde descubrí que un buen café también sirve. Lo empecé a sentir así cuando me enseñaron que los granos se recolectan a mano. Ahora huelo café y siento cierta intimidad en ello. Me imagino todas las manos que sostuvieron sus granos hasta llegar a mi taza.

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El tercer día fui al Valle de Cocora con un amigo australiano de piernas largas y caminar apresurado. Me recordó a aquella vez que tuve que subir una montaña con el pie aún dolorido para ver el amanecer tras el Monte Bromo. Me pregunté si podría decirse que la mayoría de los alemanes y suizos fueron hechos para hacer trekking en altura como si fuera una carrera al nivel del mar. Debería agregar a los australianos. Puse mis manos sobre un árbol y tomé aliento. Estábamos subiendo “La Montaña”, o por lo menos así le llaman.

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De subida vimos un armadillo, un pájaro carpintero y muchos otros de colores llamativos. Bajando llegamos a un claro con una vista ideal para almorzar, pero ya no nos quedaban más frutas. Un poco más allá doblamos a la izquierda y encontramos una finca con flores por doquier. Una niña salió del establo vapuleando una rama contra una vaca que corría asustada. Le dije que no hiciera eso pero continuó con cara de enojada. Detrás vino su madre con la misma expresión. Le preguntamos si podíamos volver bajando por su finca y dijo que sí pero se fue rápido poniendo en evidencia cuánto le molestan los turistas.

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Abrimos una puertita de madera muy de Alicia en el País de las Maravillas. De hecho todo el lugar me transportaba al libro. Mientras él se puso a hablar con otros caminantes comencé a bajar alegremente como si fuera a ver un conejo apresurado con un reloj. Volví al interior del bosque. A lo lejos escuché un “Oh, it’s fine. She is really slow. I reach her in two minutes”. No recuerdo si esas fueron las palabras exactas pero sí el significado. Con sus piernas largas me alcanzaba en dos minutos. Así fue.
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El camino era estrecho y había un río pequeño que no facilitaba la circulación. Apareció un caballo. Tuvimos que apañarnos para caber los dos sin que me pasara por encima. Luego de cruzar ríos llegamos a la casa de los colibríes. Ya habíamos visto muchos así que no quisimos pagar. En particular los tenía todos los fines de semana en mi casa del campo. Bastaba con regar las plantas para que aparecieran en busca de una ducha al paso.

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IMG_0249Luego de siete horas de caminata por el parque retornamos al pueblo y a comer en la esquina de los almuerzos por 4,5 pesos colombianos que ya había adoptado como mi living. Al día siguiente me fui al Hotel Campestre Karlaka en Calarcá, un poblado a 20 kilómetros. Pasé tres días trabajando en la computadora: escribiendo, editando, soñando. Tres días con atardeceres detrás de las montañas. Luego, a seguir el viaje.

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DÓNDE ALOJARSE EN SALENTO

Para recorrer Salento y sus alrededores tenés dos opciones: quedarte en el Pueblo o en las afueras. Creo que eso depende mucho del tipo de viaje que uno hace, si lleva vehículo y si va en familia. Para quedarse en Salento en un hostel barato les recomiendo Hostal Estrella de Agua (googlealo para ver fotos) cuyo precio se puede regatear. A diciembre de 2015 una cama en habitación compartida de tres estaba 18’000 y creo que aún podría discutirse un poco más. Una carpa costaba entre 15’000 y 13’000 pero te dan la carpa, los colchones y los edredones.

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En Calarcá, a 26 kilómetros de Salento, hay un hotel que se llama Hotel Campestre Karlaka. Tiene las típicas construcciones en madera que uno se imaginaría en Nueva Orleans. Cuenta con desayuno, estacionamiento, piscina y sauna para los huéspedes. Además posee un recorrido ecológico repleto de flores, jardines y vista a las montañas.

La diferencia entre Calarcá y Salento es que el primero tiene una temperatura agradable para meterse a la piscina mientras que el segundo es de clima frío. Conviene quedarse en Salento si uno quiere hacer todos los trekkings por si solo y con bajo presupuesto. Desde Calarcá también se pueden contratar tours o alquilar un auto para poder visitar los alrededores por tu cuenta.

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DÓNDE COMER EN SALENTO

En la esquina de calle 5 y carrera 5 van a encontrar una verdulería barata. No tiene cartel de verdulería, es solo una esquina con una puerta de madera que lleva a un interior de frutas y verduras. Si van por la calle 5 hasta la intersección con la carrera 4 en una esquina hay un cartel que indica comidas y dentro se ven 4 mesas con manteles. Por 4,5 pesos colombianos (diciembre 2015) uno recibe sopa, plato principal o segundo como le dicen aquí y una bebida. Hay lugares más económicos pero toca alejarse mucho. Para restaurantes menos básicos basta con caminar alrededor de la plaza principal.

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4 comments

  1. Muy buen relato realmente te lleva a los lugare q que describis , se disfruta adentrarse en las historias de lo que te va pasando cada dia.
    Yo ya estoy pensando en dejar todo y seguir tus pasos en moto.
    Muy buenas rutas y a darle tranki hasta alaska
    Abrazo guada

  2. Querida Guadalupe, soy Ezequiel, vivo en Bogota hace casi 2 años, fanatico de las motos y de viajar. Creo que estar unos pasos atras tuyo dado que aun no me animo a dar el paso, dejar de lado tanto construido a nivel laboral, pensarlo que de tomar una decision errada perderé tanto esfuerzo.
    Encantadomde recibirte en Bogota y compartir una linda charla.
    Saludos y que siga el buen viaje.

    • Hola Ezequiel! Nadie detrás de nadie, 🙂 todos tenemos experiencias diferentes. Hace viajes más cortos a ver si te gusta primero. Y si es por miedo fijate de que forma podrías ganar dinero viajando. Si googleas hay blogs que te cuentan sus historias. Que el miedo no sea un freno.

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