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Punta Indio: mi país de Nunca Jamás

Me propuse escribir sobre mis semanas en Londres, pero mi inspiración se fue lejos hoy. En cambio, me vino a la mente un lugar que identifico con mi niñez: Punta Indio.

Mi abuela Lil fue la primera de la familia en construirse una casita allí y desde mis tres años me llevaban casi todos los fines de semana. Cuando cumplí 14 mi mamá decidió que nos mudáramos allá y vivimos por tres años en el campo. Cuando volví a la ciudad me costó mucho volver a acostumbrarme a los ruidos, los espacios pequeños y al cemento. Ahora, en retrospectiva, extraño y casi necesito volver a esa casa y a esa vida que hicieron de mi en gran parte lo que soy hoy en día.

En ese entonces era una reserva ecológica de talas. El tala es un árbol con madera dura y espinas enormes. Tengo una serie de accidentes en mi pasado con un par de espinas clavadas por distraída. Me encantaba caminar por ahí descalza imitando a mi gata y salir airosa sin pinchazos. Mi mamá ponía el grito en el cielo cada vez que me veía meterme entre los árboles sin zapatos.

Los talas y los cañaverales formaron bosques repletos de distintas especies de pájaros, patos, liebres, jabalíes, gatos monteses, zorrinos, cuises, comadrejas y ciervos. Recuerdo que a los siete años me levantaba bien temprano para ver los ciervos comer de la huerta de mi abuela al amanecer.

Los ruidos eran fuertes y surtidos pero producían un efecto tranquilizador en uno. Ranas, grillos, pájaros (el típico “bicho feo”) y en verano las chicharras. La hora de la siesta era transformada en hora de lectura, en la hamaca paraguaya en verano y frente a la chimenea en invierno, en mi banquito de 30 cm. Poníamos troncos tan grandes que tenía que ir girando cada diez minutos en el banquito para no rostizarme.

En verano se llenaba de mariposas color hielo (un celeste casi blanco) grandes como la palma de mi mano. Mi tío abuelo (Chacho) les ponía un plato con vino y mucha azúcar que les encantaba pero después volaban haciendo zigzag medio borrachas. Hecho que le divertía sobremanera y a mí me enojaba un poco, aunque no creo que a ellas les importara mientras pudieran tomar azúcar. Unos días antes de que se llenara de mariposas veíamos pelotas de gatas peludas colgando de los árboles del tamaño de un puño. Las gatas peludas son como gusanos más gordos y con pelos. Estas eran blancas y rojas. Se amontonaban una encima de la otra formando una pelota pequeña colgante. No me dejaban agarrarlas, según mi abuela si las tocás con la parte inferior la baba que desprenden te quema la piel. A mí me gustaba verlas y, de tanto en tanto, salvar a alguna que encontraba caída en el camino.

Los caminos eran de tierra y se volvían charcos de barro cuando llovía. En primavera se llenaba de flores azules, blancas, rojas… paraba todo el tiempo para meterme entre la maleza a sacar un poco de zarzamoras o de madreselva para comer. La madreselva tiene unas flores blancas y chiquitas que si las abrís apenas por detrás podés succionar el líquido dulce que tienen en su interior.

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La casa de mi abuela
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Rodeada de enredaderas y canteros.
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Caminos.
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Y tranqueras a lo lejos.
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De mi casa a lo de Lil.
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El bosque al costado de la casa. La hiedra se apodera de él.
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Escalera y carretilla, infaltables en una casa de campo.
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Nidos en el camino.

Sasha, nuestro perro siberiano, dejaba pasar las liebres a su lado sin siquiera intentar perseguirlas. Tenía más que claro que eran imposibles de atrapar. Con los ciervos seguía intentando, creo que le divertía el hecho de que salíamos todos a intentar atarlo para que no lastimara al animal. Ni él alcanzaba al ciervo ni nosotros a él. Volvíamos todos cansados con ganas de un té.

Recuerdo que cuando me aburría me daban una canasta y me mandaban a juntar moras para hacer dulce o torta. Mi lema era: una a la canasta, una para mí. Terminaba empachada y con todas las manos moradas. Volvía corriendo para empezar la producción de dulce casero.

Más de grande, cuando vivía allá, salía a buscar frutas al jardín de mi abuela y con mamá cocinábamos conservas de dulce de zapallo, ciruela, naranja, pomelo, durazno y manzana. También hacíamos higos en almíbar rellenos con nuez, chucrut y tortas de ciruela. En realidad ella hacía casi todo mientras yo ayudaba y me comía parte de las nueces en el proceso.

En mi casa teníamos un nogal enorme y era la encargada de juntar y preparar las nueces que caían. Terminábamos con bolsas enormes repletas de nueces que usábamos para cocinar y regalar.

No todo era color de rosas. La vida de campo es dura y estábamos la mayor del tiempo solas. Había que encargarse de limpiar, cortar el pasto (césped), rastrillar, los canteros de flores, la huerta, regar, cortar leña para la noche, cocinar… y todas esas tareas se hacen más duras allá. No había gas natural, usábamos garrafa. Tampoco teníamos agua de cañería, era agua de pozo. Bañarse era un lío porque, al principio, teníamos un termo-tanque pequeño y se terminaba rapidísimo el agua caliente. Por suerte el segundo año lo cambiaron por uno enorme. En invierno mamá se levantaba a las 6 de la mañana para prender fuego en la cocina y hacer el desayuno. El sistema de calefacción no era suficiente para toda la casa, sólo mantenía caliente los dormitorios y el pasillo. Con la helada de la madrugada, el resto de la casa era un témpano. Me levantaba y me vestía corriendo y tiritando. Y del cuarto a la cocina en un segundo. La cocina era un placer. Calentita, con pan casero, dulce y un té, desayunaba tranquila. Luego al auto con un poncho que lo dejaba tirado en el asiento trasero cuando llegábamos al colegio.

Durante el primer año de secundaria me llevaba mi mamá en auto y luego comencé a tomar un colectivo que detestaba. No tenía calefacción, iba muy lento, me aburría y encima los demás chicos no me querían por ser la porteña que iba al colegio técnico (era sinónimo de ser ñoño porque entrabas si rendías bien el curso de ingreso y si repetías de curso te tenías que ir). Aclaración: no era ñoña, era más del tipo rebelde con buenas notas. Aunque me hubiera ahorrado un par de amonestaciones ser un poco más aplicada en cuanto a las reglas de conducta.

Ir con mamá en el auto es algo que no voy a olvidar nunca. Tampoco teníamos calefacción, pero me ponía el poncho y una frazada. Mi colegio quedaba a 26 kilómetros de casa (quizás un poco más). Durante el trayecto iba amaneciendo y veíamos el pasto escarchado por el rocío, los cuises cruzar la ruta con todos sus hijitos en fila, las perdices y las liebres. Para no quedarnos dormidas cantábamos siempre alguna canción que supiéramos las dos. Era nuestro momento tranquilas, sin histeriqueos o reclamos propios de adolescente ni exigencias de madre. Sacando el frío, extraño un poco esos viajes solas.

Para un niño es muy gratificante plantar un árbol y ver cómo crece.  Al principio empecé con rabanitos. Creo que tenía cerca de cuatro o cinco años. Iba corriendo a la huerta para ver si ya los podía sacar. El día que comí lo que había sembrado fui muy feliz. Luego siguió un árbol que creció de casualidad por un carozo que había tirado entre los yuyos. Y los árboles frutales que plantamos con mi abuela y los bulbos de lirios azules con mamá.

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Regando los jazmines.
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Algunas flores del jardín.
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Y más flores.
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Capullos.
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Estas estaban por todos lados y por todos los caminos.

Con mi tía abuela, Ana, íbamos a pescar pejerreyes al río. Ella me enseñó sobre la paciencia y cómo sacarles las escamas a los pescados para luego cocinarlos. Todo lo que pescábamos se comía.

También recuerdo la época en que papá comenzó con arquería e intentaba practicar con blancos móviles (patos) en el arroyo. Era mi época de fanática de Greenpeace pero no le decía nada porque su puntería no era tan buena. Los patos ni se movían y lo miraban como diciendo “acá viene de nuevo”. Después la convencía a Lil para que lo ayude a buscar las flechas enterradas en el barro del otro lado del arroyo. Había que cruzar a pié porque en ese entonces no había puente aún.

Y mucho antes de las flechas papá me enseñaba a luchar con cañas. Empezábamos los dos con cañas de tamaños parecidos. Al final de la lucha la mía se había reducido de manera significativa y la de papá seguía intacta. Sacando lo mala perdedora que era en esa época, me divertía mucho el simulacro de pelea de espadas que hacíamos. Cuando volvía a la ciudad en la semana, me aburrían sobremanera los juguetes convencionales de juguetería.

Más de pequeña pasaba las tardes haciendo títeres o muñecos con pelo que sacábamos de las barbas de los choclos. También leíamos frente a la chimenea una página cada una para que yo  comenzara a leer sola de a poco.

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Junto a la chimenea de mis lecturas de niña.
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Desayunando té y pan casero en el jardín de invierno.
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Otra mariposa típica.
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Plato para que los pájaros se bañen y tomen agua.

Dejábamos, cada fin de semana, un plato con miel para las hadas. Seguramente había alguna comadreja adicta a nuestras ofrendas. También le llevaba comida y agua a los gnomos del árbol. Escondido en el bosque había un árbol más fornido que el resto con un hueco en su base que simulaba ser una entrada secreta a su interior. Allí dejaba pequeños presentes y cuando volvía al día siguiente encontraba un regalo. Siempre eran juguetes hechos de materiales naturales. Un autito de madera, una mesita de luz para las muñecas pintada a mano, lápices de ramitas… volvía a la ciudad feliz a contarles a mis amigas lo que me habían regalado los gnomos.

También teníamos un duende pícaro que rompía cosas y hacía desaparecer otras para luego ponerlas en los lugares más extraños. Unos lentes dentro de la chimenea, la esponja de la cocina en el cuarto, las sillas que se rompían cuando te sentabas… una lista larga de risas y sonrisas que produjeron sus travesuras. Pero no le decíamos nada porque cuidaba las plantas del jardín cuando nos íbamos.

En pascuas me escondían huevos de chocolate por todo el jardín y jugábamos a la búsqueda del tesoro. Algunos quedaban olvidados por ahí ya que todos éramos un poco despistados.

Mis primeras navidades en el campo comenzaron adornando un pino de verdad que estaba plantado al lado de la casa. Cuando se hizo demasiado grande hubo que trasplantarlo y pasamos al típico árbol de plástico junto a la chimenea. Poníamos una canasta enorme dentro, y cuando salíamos a mirar las estrellas Papá Noel la llenaba de regalos.

Mi imaginación y mi tendencia a creer que todo es posible se las debo a mi niñez, mi familia y la lectura. También el ser un poco de allá, un poco de aquí y de ningún lado a la vez. Un poco porteña, un poco Argentina, un poco de campo…. un poco de no sé dónde. Quizás del País de Nunca Jamás.

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Pero sin nadie que lo prohiba realmente.

Este mundo mágico que rodea mis recuerdos ya no existe así como lo describo. No porque estuviera en mi imaginación sino porque de a poco lo fueron destruyendo. Construyeron casas y dejaron los terrenos pelados, mataron las cigüeñas, los ciervos y los jabalíes. Siguen cazando las liebres y las perdices… Tiran plásticos y papeles en los caminos y a pocos parece interesarle cuidar el lugar. Es extraña la concepción que tiene la gente de lo lindo. Lo están convirtiendo en una zona de quintas con piletas y parques sin árboles. La última vez que fui me entristeció ver los bosques talados. Dejaron los árboles más cercanos al alambrado para que no se notara. Estaba prohibido talar y cazar en esa zona pero la madera de tala es dura y cara, se vende bien como leña. La caza indiscriminada es algo que nunca voy a entender. Matar una cigüeña es de mala suerte, ¿no saben que traen a los bebés? Convirtieron un lugar increíble en un lugar al que me da igual volver.

Quizás debería haber omitido el párrafo anterior, pero imaginé a una amiga emocionada camino a Punta Indio con su hijo y de repente “ring ring” me llama para decirme que no encontró nada de lo que cuento. El lugar sigue siendo lindo, pero dejó de ser mágico. Es un buen punto para el que quiere ir a acampar y ver las estrellas. Pero casi sin ciervos y sin ilusión de hadas.

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Gato con marcas de riña en sus facciones.
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Campo de girasoles en la zona de cultivos.

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24 comments

  1. Que lindas anecdotas, me dan ganas de irme unos días al campo a cortar madera jaja ^^

  2. Marcela Del Pozo

    Y cómo nos marca nuestra niñéz es increíble ..

  3. Que linda infancia…
    Debe haber sido un paraiso ese lugar, con animales silvestres por todas partes!
    Es una lástima que el hombre destruya todo a su paso :/

  4. Sigo leyendo tu blog y más coincidencias que me identifican encuentro: mi abuelo tenia una casa en punta indio y cuando era chica nos llevaban mucho allá. No sé si la habrás visto..era una casita que tenia un acordeón al lado de la tranquera-

  5. No he viajado nada, todo está por suceder todavía. Por eso te encontré navegando… Lo mas curioso es que no me hace falta leerte todo el blog para encontrarme en tu misma “nave”, y con solo un ramillete de madreselvas compartimos su dulce sabor. Tus fotos son como una extensión mia. Tu mirada sobre las cosas me resulta familiar. Es fascinante saber de vos. Comparto todo con vos.

    • Hola Rosana! Tu mensaje me sorprendió no solo por lo atípico sino por todo lo que involucra. Gracias. A veces uno se siente único y es reconfortante saber que eso es verdad pero que también hay un montón de cosas que comparte con otros seres. Somos un cristal diferente del mismo espejo y a veces te encontrás con alguien que refleja las mismas cosas, la misma forma de ver la vida. Punta Indio es en gran parte lo que me hace ser como soy y creo que realizó una transformación parecida en muchos. Un abrazo grande desde Perú.

  6. Cuando termines tus mapas, contame qué te comiste eh?!

  7. wuou! eso es mantener la dieta! Dificilmente eso haga mal!? Cuidate mucho mi querida y ojo el agua no? besitosssss
    (Estoy despierta por el eclipse lunar) Me encanta!!! Lo viste?

  8. Adrián marcelo

    Pare a comer en lo de ALe. Conoces?

  9. Leer y ver las tomas de tu relato, me hace recordar los tiempos de niñez en el campo de mis bisabuelos en ica Perú, donde corríamos y más de una travesura con primos. Gracias por hacer recordar tiempos que fueron buenos en mi niñez

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