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No me puedo ir de Quito – Ecuador

No me puedo ir de Quito. No sé que tiene este lugar y creo que es mejor no averiguarlo porque corro el riesgo de quedarme. Serán mis amigos argentinos, la cantidad de extranjeros y de culturas dentro de Guápulo. El verde de la montaña contenido en la ventana de Heim, los desayunos de Alan, las risas, las tardes de lluvia. Serán las locuras de Edu, un español que ya habla con diminutivos y que manda videos matutinos, grabados por la esposa, donde baila “mantenlo prendido fuego” mientras pareciera que intenta no tocar las brasas imaginarias bajo sus pies. Será la cordialidad de Yoli y Alva, una mexicana y un ecuatoriano poco ecuatoriano, que me ayudan con la prensa mientras cuentan historias divertidas sobre otros tiempos no tan lejanos. Será Jazz, con sus dibujos y su mirada cargada de naturaleza, que todo lo que toca lo torna bello. ¿Quién será? ¿Qué será? No lo sé.

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Desde la cocina de Heim y Alan.
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Fuimos a pasar el fin de semana a una casa ecológica. Los tres somos amantes de la aventura y “ahorrativos” así que hicimos dedo todo el trayecto. Alan lució su pollera y sus piernas.

Edu es fotógrafo y conoce realidades que hubieran escapado a mis ojos. Con él fuimos a la 24, una plaza en el centro, donde las prostitutas se acercaron a saludarlo porque ya les ha sacado fotos en el pasado.

Beso de mejilla, alguna frase sobre los duros tiempos que pasan en los que el gobierno las quiere volver a desplazar hacia un emplazamiento menos seguro y vistoso, una mirada de complicidad de mujer a mujer mientras gesticulan: “porque nosotras no le hacemos nada a nadie a menos que nos ataquen y ahí atacamos pero eso hacemos todos, ¿verdad?”, una sonrisa asintiendo de mi parte aunque no estoy de acuerdo con que debería ser así ya que defenderse y atacar son conceptos muy distintos, un apretón de manos y a la próxima visita unas puertas más allá. No hay por qué juzgar y menos con lo amables que fueron. Cada día más pienso que las personas son buenas si te ven bueno. La bondad en los gestos es una llave de ingreso a otros mundos, a la alegría y al sufrimiento en ellos.

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Los niños juegan donde sea: con las barandas, los monumentos, las burbujas de los vendedores ambulantes…
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En Latinoamérica los contrastes abundan. Comienzo a pensar que el camino no es el hiperconsumo sino una vida con lo básico, la naturaleza y mucha imaginación.
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Burbujas. La niña juega mientras su padre trabaja. El niño con el perro espera a su madre en el mercado.

El portón desvencijado se abre y veo una cara negra como el betún. Habla un idioma que no entiendo pero que me resulta familiar. Francés con un leve acento diferente. Apenas nos ve nos saluda en español y solo nos deja pasar cuando Edu se acerca. Dentro hay una mujer de menos de 25 años, una niña pequeña, un chico y un hombre. Son de Haití y están de paso. Ecuador es uno de los “lugares de rebote” hasta llegar a Brasil donde van a tener “una mejor vida”. Demasiadas comillas. Me pregunto cuanto mejor será, aún cuando he escuchado la pobreza que hay en Haití. Tienen que tener cuidado que la policía no los agarre. Pronuncio una palabra que genera rechazo: ”ilegales”. Edu me corrige, se dice “irregulares”. Me quedo pensando, ¿se puede ser ilegal o solo se aplica a actos? Que horrible que le pongamos una etiqueta de “ilegal” a un enorme chico de sonrisa blanca que llora como cualquiera, a una niña de enormes ojos que se esconde detrás de un desvencijado sofá y a una adolescente que sueña quizás con poder trabajar dignamente para poder comprar un plato de comida y un lindo vestido. No son mercadería, ellos también ríen y lloran. Las fronteras me ponen triste. Las fronteras me duelen a veces. Siento vergüenza. Me deberían doler más seguido. Me deberían doler al punto de hacerme generar un cambio. Les doy un beso de despedida. El olor a transpiración no es barrera para el beso, sé lo que es no tener una ducha cerca, sé lo que se siente la falta de ducha pero no estar en su lugar. También por eso les doy un beso con fuerza que en realidad es un intento de transmitirles que estoy de su lado, si de algo cuenta.

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Músicos y vendedores sobre las calles.
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Las plazas se llenan de gente que se sienta a dejar las horas pasar. Casi todos son hombres.
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Del campo a la ciudad, acompañando a papá que vende flores.

Cruzamos otra puerta, una escalera en caracol y entramos en una casa reformada que por fuera es muy quiteña y por dentro muy europea. Corrección, por dentro es muy yo. Mi otra yo, la que todos me dicen que no concuerda con la imagen de viajera que tienen en la cabeza. Reconozco los sillones Barcelona de cuero blanco, diseño de Mies Van Der Rohe, que alguna vez, en lo que pareciera ser otra vida, pensé comprar. La cocina integrada, blanca e inmaculada como si nunca hubieran cocinado en ella se posa sobre tablones de madera. Vidrio, acero inoxidable, antigüedades Chinas que bien podrían pasar por copias frente a ojos inexpertos si no fuera porque el dueño aclara que debemos tener cuidado con ellos. Las revistas de diseño están obsesivamente colocadas para formar un juego geométrico agradable y de acuerdo al resto de los adornos. La luz entra copiosamente a través de los cristales de los dos balcones franceses de la sala. Que bello lugar. Una voz de hombre habla en italiano y me transporta instintivamente a un cuadro fotográfico de una película de Fellini. Por un segundo todo deja de tener sentido excepto por la belleza del conjunto y lo anacrónico que queda Quito desde los cristales de las ventanas. Él hace años que vive aquí, tiene un hijo ya profesional que nació en Ecuador y por algún motivo se creó un pequeño submundo, una pequeña Italia. No habla español aunque lo entiende a medias. Me pregunto si esto es Quito también. Sí, es la ciudad y sus inmigrantes que se adaptan a medias, como saben y pueden. El señor mira de repente al grupo con cara de felicidad, como si un fantasma del pasado hubiera revivido y lo llevara de paseo a Milán. No. No era eso. Me di cuenta cuando volvió apresurado con una foto original del Che Guevara. Se sentó en una silla colocada en el pasillo aún sin redecorar y, mientras su perro le mordía el ruedo del pantalón, posó sonriente con el cuadro para el retrato que fuimos a hacerle.

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Sonrisas en una pequeña Italia. Me atrevo a decir que deben existir muchas.
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Mientras los ecuatorianos continúan el día con su estilo latinoamericano.
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Y las calles se cubren de colores. Colores en movimiento.

Inmigrantes latinoamericanos, europeos, isleños e incluso ecuatorianos cubren las calles de quito mientras el sol brilla. Recuerdo ese pensamiento que tuve hace mucho sobre círculos dentro de círculos. Mini submundos, submundos, mundos. Quito es capital, sin lugar a dudas.

Desde la ventana del departamento de Jazz miro El Panecillo, un cerro que tapa el sur con una virgen alada en su cumbre. Se dice que la virgen le da la espalda al sur y privilegia al norte. El sur es pobre, el norte es la parte más favorecida por el gobierno y sus obras. El sur es inseguro, el norte también pero menos. Fronteras y polos cardinales, dos conceptos imaginarios que determinan inconscientemente nuestra forma de pensar y actuar. Me siento tan uruguaya como argentina, compartimos una cultura similar, el nombre importa poco. La línea y el pedido de cédula de identidad al cruzar el río no tiene que ver con lo que soy, tiene que ver con un mundo creado en base a divisiones políticas que cada día siento más irreal. El mundo de mercados de capitales que dejé atrás, el que no es de las personas.

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Una noche nublada desde el pasto junto a lo de Jazz. El panecillo me mira.

Giro la cabeza hacia la derecha, esta vez en la ventana de Guápulo. No se siente la ciudad aquí. Los cerros están cubiertos de verde, una parte quemada por el último incendio a causa de la sequía. Tengo que volver a El Condado donde está mi moto porque ya estoy por partir. Siento pereza de salir, la cuesta es de 45 grados. La calle adoquinada me tienta sólo en bajada. Hoy haré dedo de vuelta. Los quiteños me preguntan qué hago aquí y cuando les cuento sus ojos se abren y casi puedo sentir la falta de respiración por unos segundos. No siento miedo en Quito, la gente me trata muy bien. Los ecuatorianos me resultan cordiales y graciosos en sus formas. “Que bruto” se dice cuando algo sorprende, “Mande” para decir “dígame”, “A cómo” en vez de “Cuánto cuesta” y la típica frase “puede darme un poco de sencillo, no sea malito” con los diminutivos que aparecen a cada segundo en la boca de uno u otro.

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Guápulo desde la ventana de Heim.

Llegué a la casa donde me hospedo. Ramiro charla conmigo antes de ir a dormir. Me dejó las llaves los días que me hospedó y me dio libertad para ir y venir a mi gusto. Me sentí como en casa y tuve mi espacio de tiempo para poder descansar y escribir. Creo que muchos no entienden la soledad deseada. También me pasaba en Buenos Aires cuando contaba que había ido al cine sola un día de lluvia a ver una película maravillosa. Mientras subrayaba “película maravillosa” mi interlocutor parecía ponerle negrita y mayúscula a la parte de “sola”. Me genera intriga el hecho de que pocos disfrutan de si mismos y la introspección. Creo que es algo que se aprende, a mí me lo enseñó ser hija única, los libros y el campo. Y claro que quiero compañía, pero también esos momentos para mí. Ramiro me permitió, me regaló, esos momentos además de algunos de charla viajera y cultural donde me enseñó modismos ecuatorianos. Para él no es una locura que viaje sola, ni que de repente un día no salga de la casa o que disfrute tirándome al sol un rato. Me dio la sensación que para él nada de lo que haga feliz es una locura.

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Cerca de la 24 está la calle más turística de Quito con puestos de comida y faroles.
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Es el día de los muertos y la gente se disfraza.
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Algunos dan miedo a mi cámara que tiembla y vuelve borrosas sus imágenes.

Los bolsos estanco armados y sobre la moto señalan que son las 7 AM, hora de partir. Mientras rodamos juntas intento recordar el camino. Quito es de esas ciudades enruladas donde agarrás una calle que pensás que te lleva al norte y entre tanto sube y baja, vuelta, rulo y giro, terminás en el sur. También es parte de su encanto si te lo permites. Miro, quizás por última vez, las afueras de Quito y me pregunto cuantas otras historias albergará, historias que espero que alguien me cuente en otra ciudad y en otro tiempo. Adiós Quito. Al fin adiós.

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Otros dicen “un penique por tus pensamientos” esperando una declaración de amor digna de super héroes.
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La danza comienza, el diablo aparece.
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Las doncellas se esconden.

DÓNDE COMER Y ALOJARSE

Comer caro en cualquier restaurante. Comer barato, en los mercados Naquito, Santa Clara y el Central. Por 2 USD te dan una entrada (le llaman primero), un plato principal (segundo) y un vaso de jugo. El mismo menú cuesta desde 2,50 en los puestos de comida a la calle de la ciudad. Por lo general el primero es sopa y el segundo una combinación de carne o pollo con arroz.

Para alojarse además de los hoteles de lujo, que toda ciudad tiene, y otros como Hotel Quito que queda en Guápulo (mi zona favorita), están las opciones económicas como el Vibes Hostel (aparece si lo googlean) por 8 USD la cama en dormitorio compartido. Si encuentran mejor calidad precio por favor avisen así lo agrego.

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Los faroles tienen precio, ¿festejarán el día de las velitas? Me recuerda al campo, a las interminables idas hacia lo de Ana Clara con farol de queroseno entre la maleza.
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Natilla, no es helado. La crema sostiene a los cucuruchos.
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A esto se le llama empanada. Por lo general son pequeñas y se venden 6 por 1 USD. Una de las bebidas calientes a probar: el canelazo. Ojo con emborracharse.

CÓMO MOVERSE

El costo de los buses va desde 25 centavos de dólar. No hay demasiadas líneas por lo que muchas veces hay que realizar conexiones. El mínimo a pagar en un taxi es de 1,50 USD. Desde Guápulo hasta El Condado la tarifa varía entre 6 y 7 USD. Hay que tener cuidado y vigilar el taxímetro porque algunos marcan mal.

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El diablo se va, las doncellas bailan.
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La fiesta comienza. A honrar a los muertos.
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Al día siguiente las calles se tiñen de luz, los diablos desaparecen y sólo queda el recuerdo de la danza y el exceso.

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15 comments

  1. raul acosta ,,viajero en espera.

    como nos tenes acostumbrados,muy bueno el paseo x ecuador ,me encantaron las fotos ,cuídate y que la fuerza te siga acompañando ¡

  2. Hola Guadalupe, Nicolás por acá… otro Argentino al que le gusta más viajar de lo que realmente puede hacerlo.

    Nunca estuve en Quito… pero entiendo completamente la sensación.

    Cada vez que tengo la suerte de viajar a San Francisco me encuentro con una fuerza que no me deja ir.

    El otro caso en el que me pasó fue en Cusco. Que ciudad, que lugar, que gente. Pocas ganas de irme y desde que me fui pienso en que necesito volver.

    Te dejo un saludo y que tengas el mejor de los cuidados en la ruta.

    N.

  3. Jose R.Duche C

    Saludos Catalina. Gracias por haber visitado nuestro país, y que las vivencias que tuviste aca en Ecuador,
    sean de gratos recuerdos, hermoso reportaje de tus viviencias en la ciudad de Quito.

    Hasta pronto catalina y cuidate mucho, y sigue disfrutando de lo que mas quieres en la vida.

    Att. José.

  4. Elio Garcia

    cuando se andara por Mexico?., se ve que viajar por latino america es de lo mejor en razon de sus culturas aun ansestrales.

  5. Vi tu blog hace un tiempo y lo anote en mi diario, sabes que puse al lado del link? “para que nunca olvide mis sueños y lo importantes que son” Gracias infinitas por darme eso.

  6. Augusto Arias

    Hermosa descripción de una vivencia en un Quito que se siente y que no se mira con los ojos.

  7. Hola!
    Me estoy leyendo las historias de atrás para adelante 🙂 Súper bien redactadas, entretenidas…
    Y también hacen pensar como “La bondad en los gestos es una llave de ingreso a otros mundos”. Es genial, creo que abre mundos y te abre a conocer de manera ininterrumpida más y más gente bondadosa!
    También me siento identificada con eso dedisfrutar los momentos de soledad (soy hija única tmb). La gente parece que quisiera explicaciones d epor qué me voy sola en auto a Mendoza/Chile 2 semanas… no les cierra, jajaja
    Qué sigas escribiendo y viajando mucho más!

    • Hola Elena! Y debo agradecerte por este mensaje. Estos dos días me la pasé de mal humor entre el calor, que no me quieran llenar los bidones en las gasolineras y pasarme 3 horas cada día buscando hotel barato. Hoy me sonrieron y me habladaron. Y este mensaje me recuerda que no quiero entrar en ese circulo de poner cara de piedra porque la bondad y la sonrisa nos hace bien a nosotros y a los de afuera. Así que gracias.
      Lo de la soledad es re difícil de explicar! Al fin encuentro otra que me lo comprende. 🙂 Mis amigas lo entienden pero piensan que es porque soy solitaria pero soy cero solitaria solo que de vez en cuando está bueno tener momentos con uno mismo. Nos parecemos. A ver si contagiamos. 😛 Abrazo de oso!!!

  8. Felicitaciones, Leí tu reportaje en la revista Diners y me pareció muy interesante, gracias por compartir tus vivencias con todos. Que bueno que te haya gustado Ecuador. Mucha suerte en tu proyecto.

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