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Mixeando en Vancouver

Vancouver es una ciudad tranquila, repleta de gente durmiendo en la calle que emigran de otros lugares debido al clima benévolo de la zona. Una cantidad alta son drogadictos. No lo digo como una suerte de adivinanza; se los ve durante el día con la mirada perdida en algún destello de luz o en los lentos movimientos circulares de sus manos. De cualquier forma no parecen peligrosos por lo que una de las posibilidades era dormir en alguna plaza. Llegué sin saber dónde quedarme porque me habían dicho que en el crucero había internet pero costaba 75 USD la hora y media. Pero no importaba: aunque parezca extraño, me sentía segura en esta urbe donde se mezcla tanto bienestar con tantas cabezas reposando dormidas sobre la vereda.

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“Don’t let anyone tell you what beauty is”, no dejes que nadie te diga lo que es la belleza.

Entré al lobby de un hotel para conectarme a internet gratis y diez minutos después mi amigo canadiense Mat me había encontrado donde pasar la noche. Su amigo Shea tenía una Van en la que dormía ocasionalmente cuando nadie podía alojarle. Me encontré con Shea en la puerta de un Starbucks y me enseñó un poco sobre la vida del que vive barato en su propio país “primermundista” con algún que otro trabajo ocasional. “Después de todo la vida es para disfrutar”, me dijo mientras habría la puerta de la Van en una zona residencial del centro y me mostraba un colchón diminuto junto a un microondas, una mesa de luz y un tomacorriente para enchufar la computadora.

Shea me llevó a un gimnasio que te dejaba probar las instalaciones por dos semanas de forma gratuita. Allí me bañé durante dos días. Las duchas eran lujosas, con secadores de pelo, lockers y champú. Contrastaba con mi noche durmiendo en la Van y aguantándome las ganas de ir al baño.

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Playas y topless en la ciudad.

Al día siguiente dormí en la casa de un amigo de Shea que se la había prestado por dos semanas, mientras chapoteaba junto a alguna isla del caribe. Estábamos en pleno centro, con vista a un parque y con sol todo el día en el balcón. Al parecer la vida de Shea no está tan mal. Al parecer, porque la ilusión se va cuando lo ves todo el día de aquí para allá viendo dónde dormirá la próxima semana y cómo puede conseguir unos dólares para sus hamburguesas diarias en McDonald’s. No cualquier hamburguesa: la del combo del gobierno que es más barata. Y se come dos por almuerzo.

Vi poco de la ciudad porque me la pasé en internet intentando buscar hospedaje y trabajando para mis clientes online. Pero lo poco que vi me pareció de una elegancia y un despilfarro enormes. Entre las tiendas de Hermes y Louis Vuitton vaya a saber cuantas otras aún más caras habían. Y entre calle y calle se paseaban hombres apuestos en Porsches y marcas de carro que no se ven por Buenos Aires. Las mujeres parecían de revista con sus vestidos blancos casi de gala, sus carteras de cuero y sus zapatos de diseño. “Click, clack, clik”, escuchaba el repiqueteo de los tacos en la acera y sabía que cuando me diera vuelta vería una muñeca cuyo aspecto denotaría tal perfección que me daría miedo que el viento rompiera su encanto. En la puerta del gimnasio ya no se veían vestidos sino abdómenes planos con piernas firmes y cutis casi de niña.

El primero en responder mi solicitud de Couchsurfing no fue una persona sino una casa, según el nombre del perfil. Quedaba en los alrededores, donde vivía gente de menos de metro setenta con abdómenes no tan planos, carteras de plástico y vestidos para nada inmaculados. Gente un poco más parecida a mí.

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Un gnomo de ciudad.

La casa por fuera parecía abandonada, o quizás ya me había acostumbrado a la estética norteamericana tan pulcra y ordenada. Un asiento de avión, el pasto sin cortar y más allá el timbre que nadie contestó porque la puerta está siempre abierta. Cuando entré no sé si me impactó más el olor o el desorden, quizás la conjunción de ambos. El living tenía cuatro sofás, que no sabría decir cuáles eran su colores originales, y un par de mesas pequeñas repletas de latas y botellas de cerveza. Por aquí y por allá una pipa perdida de marihuana, alguna bolsa de comida rápida, pilas inauditas de basura, soquetes sucios y ropa nunca reclamada. Las referencias hablaban sobre esto pero nunca imaginé que sería así.

El piso inferior tenía más habitaciones. El más grande era una especie de living que conectaba con otros cuartos. Tenía tres colchones tirados con sábanas sucias y bolsas de dormir olvidadas que servían de cama para los que fueran alojados. Las reglas de la casa eran simples: no hablar sobre limpieza, limpiar y no guardarse una cama. Esta última, hacía alusión a que, llegada la hora de dormir, solo podías elegir entre las desocupadas. Si llegabas tarde te tocaba dormir en alguno de los sofás del living.

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Sí, en los parques también hay una gran variedad de animales.

Otra opción era poner tu tienda de campaña en el patio trasero para solo tener que lidiar con los bordes negros de la bañera y las pilas de basura agolpada en la cocina. Si hubiera tenido mi tienda de campaña hubiera elegido esta opción pero por desgracia la mía estaba con Sami (mi moto) en un barco camino a Seattle. “Solo siete días”, me dije mientras encontraba un lugar para mi bolso.

En la casa vivían ocho personas entre los que conté cinco australianos, un argentino, un canadiense y un indio. Además, cada día había un mínimo de cinco y un máximo de veinte couchsurfers. Cada inquilino tenía su personalidad y cada uno interactuaba de forma diferente. Al principio me llevé bien con todos pero los últimos días coincidieron con la migración del hosting de mi página lo que me hizo estar bastante tiempo en frente de la computadora y lograr algunas caras de desaprobación. La gente tiende a pensar que si estoy en Twitter, Facebook, contestando mensajes de la página o escribiendo en Word es porque estoy “al pepe”. Me cansé de explicar mi trabajo y mi forma de ganarme la vida, ya no pierdo tiempo en ello. Al parecer les sigue pareciendo un enigma y que estoy perdiendo el tiempo en internet. Lo que es un poco gracioso, porque aquí la mayoría pierde tiempo en el sofá (mi nivel de sarcasmo de siempre se incrementó esta semana; imagíname diciéndolo mientras me río un poco de mi misma).

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El día del orgullo gay la ciudad se viste de arcoiris.

Cada noche había una fiesta distinta y cada noche Hana habría su “caja de zapatos” (como llamábamos a su habitación) para revolver entre la pila uniforme de ropa que cubría el suelo y el colchón. La primera noche fuimos a la playa a ver fuegos artificiales, la segunda también y el tercer día me perdí la fiesta del orgullo gay pero llegué a tiempo para recostarme sobre el pasto frente al mar y divisar al chileno que borraría mi sombra con la sonrisa de sus ojos color miel. No, no les contaré sobre el chileno. Les quiero hablar sobre Vancouver y su fiesta de colores.

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Uno de las tantas noches de show gratuito.

No sé si conocen la ciudad pero para que se den una idea, el centro tiene un aire veraniego con sus tiendas de edificios bajos, el cielo siempre visible, sus flores, la cantidad de parques y de eco-granjas insertadas entre la jungla de cemento, las marinas abarrotadas de veleros y las gaviotas de aquí para allá en las costas de sus playas. Una ciudad de sol y de verde, al menos el centro. Y en el medio de todos esos colores de verano, se alzaban arcoíris en forma de banderas y carteles. Cada tienda ostentaba su bandera vaticinando el desfile del orgullo. “Pride Parade”, “Pride Festival”, decían los letreros, dándote ganas de vestirte con colores fuertes y pintarte el pelo de fucsia. Pues mucha gente lo hizo y salió a la calle, porque en este día muchas líneas se difuminan y lo ridículo sale del estereotipo común. Las chicas en bikinis, tacos moviéndose al compás de la música, plumas, alas de globos, globos alados, cerveza escondida y los policías que hacían la vista gorda. Un gran día.

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No me canso de ver esta foto. Vancouver desde uno de sus parques.
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El día del orgullo gay, colores y chau prejuicios.

Caminando por Vancouver me concentré en las caras. Había de todas las formas y los colores que pueden imaginarse. Mayormente asiáticos en la periferia y caucásicos en el centro, pero también indios, latinos de diferentes países, rostros con rasgos africanos y gente que no tenía idea de donde provenían. Me divertí intentando adivinar el origen de cada acento arrastrado por el viento. Los policías también desplegaban variedad. Los Siq se paseaban al volante de las patrullas con sus turbantes y sus compañeros de cabellera dorada un lado. Me dieron ganas de investigar un poco más sobre su cultura porque admito que sé muy poco sobre ellos. Vancouver pareciera saber bastante más.

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Mixeando, una sociedad que de a poco sube en la escala del respeto.

Los australianos me enseñaron a vivir barato en un territorio por demás caro. O a “robar”, como dice un amigo. Creo que es un punto intermedio, porque la idea es pagar pero más barato. Así, se toman el Sky line (metro/subte) sacando el boleto de estudiante que en vez de costar 2,75, sale 1,75 dólares canadienses. Además, me explicaron, por primera vez en mi vida, el funcionamiento de los Self Check Out. Algunos supermercados tienen cajas sin cajeras donde puedes pasar por el lector los productos, pesar las frutas y pagar con tarjeta de crédito tú solo. El truco, al parecer bastante común en Australia, es pesar un montón de nueces o un plato de comida caro y seleccionar “bananas” o “papas”. De esta forma, en vez de pagar 3 dólares los 100 gramos, pagas 0,70 dólares el kilo. No me animé a probar pero fui con uno de ellos que compró por mí una gran bolsa de pasas de uvas y nueces porque quería ver si lo que me decían era verdad. Un mix. Así como aquí, un mix de gente que sigue las reglas y de otros que no. Por suerte el porcentaje de los que las siguen es mayor del que las quiebran, sino no existiría el Self Check Out. No volví a probar, mi mente aún discute si entra dentro de mi estándar moral por lo que preferí sacarlo de mis posibilidades.

Me atrevería a nombrarla la ciudad de las mixturas. Los cócteles de colores en los rostros, en sus edificios y a lo largo y ancho de sus costas. Vancouver es un mix, una mezcla que genera algo nuevo, único y atrayente. Algo que no sé cómo nombrar.

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Única, como la gallinita mimada en el hombro de su dueño.

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13 comments

  1. Espléndida nota. Seguí así y escribí el libro!!!

  2. Francisco Vilchez

    Me encanta leer tus bitácoras internacionales, sos muy descriptiva y me haces sentir en cada lugar x donde tu estas, BS.

  3. Buenas Guada…muchas muchas gracias por tus crónicas…hace un par de años alojé a los chicos de Travesía Visual en Chaco, Argentina y me enteré de tu existencia.A partir de ahí me convertí en tu seguidor y me compré una xr 125 del mismo color de Sami.te mando un fuerte abrazo agradecido.Pablo.

  4. Antonio Ruiz

    Hola Guada,
    a todo aquel que me preguntase que aporta un viaje de esta índole, le respondería: “fijaros en Guada”. Un viaje así es como hacer su “coming out”:ESTA SOY YO.
    Tu misma lo escribisteis no hace mucho:”cada dia me atrevo mas a decir las cosas”y eso se nota mucho tanto en tus blogs como en tus últimos videos. Yo no quiero hacer ningún viaje “facebookero” pero si que me digan: “esta es la razón por la que hay que viajar” y tu las estas gritando.
    Un fuerte abrazo Guada y
    Hasta Pronto Catalina
    Toni

    • 🙂 Gracias Toni por tan lindo mensaje! Mi viaje es una búsqueda de mi misma y me estoy re encontrando en mi propio país y en mi propia familia gracias a ello también. Se puede lograr desde cualquier lugar y en la quietud también pero mi mente es inquieta y en orden de callarla y domarla el viaje es mi herramienta porque soy movimiento. Un abrazo grande!!!

  5. Hola Guada,
    Ya no recuerdo como te encontré pero llevo leyéndote varios meses ya.

    Soy una madurona de 57 años con sueños de aventura, pero con poco valor y aún menos ahorros para dejar todo y salir a recorrer el mundo. O sea que de momento me conformo leyendo las aventuras de otros, usualmente mucho más jóvenes y atrevidos que yo.

    Te admiro mucho, eres valiente, “fearless”, como se dice por aquí; y tienes un don muy particular con las palabras. Eres poética sin rayar en lo cursi.

    Sigue disfrutando esta vida nómada de aventuras que has elegido, pocos pueden o poseen el valor para hacerlo.

    Por el momento yo te seguiré leyendo desde mi escritorio de oficina y tal vez un día, no muy lejano espero, estaré del otro lado viviendo la aventura a mi modo también.

    Cuídate bien.
    Abrazos,
    Sylvia

    • 🙂 hola Sylvia! Me crucé con muchos viajeros más o menos de tu edad en la ruta. Unos que me llamaron la atención son una pareja que hacen “Housesitting” y a veces se quedan un año cuidando una casa con caballos en Hawaii o seis meses en Nueva Zelanda con un perro. En general prefieren gente con más años. Es una opción buena sobre todo si se puede conseguir algún ingreso online aunque ellos vendían huevos o siempre se las ingeniaban para hacer algo y nunca tenían más de 200 usd en el bolsillo. Un abrazo grande y buenos vientos!

  6. Me encantan tus post! Me trasladan a todos esos maravillosos lugares que quisiera conocer! voy de a poco, con un esposo aventurero y dos hijos! ya pensamos x 4 pero espero poder llegar tan lejos como tú. Saludos desde Panamá

    • 🙂 Y creo que cuando lo compartes sabe aún mejor Gina! Además qué más lindo que darles a tus hijos mundo y la posibilidad de aprender tantas cosas. Un abrazo gigante y buenos vientos!

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