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Mis pasos por Shangri-La

Llegué desde Lijiang empapada pero con buen humor gracias a la vista desde el micro: hermosas terrazas de plantaciones, casas tibetanas con sus dorados y sus columnas tan diferentes a las del resto de China y montañas con nubes pretenciosas cuyo sueño parecía ser hacer de la tierra el cielo.

Llegar al hostel fue fácil ya que alguien llamó por mí y me pasaron a buscar desde la plaza central de la parte antigua. De otra forma hubiera sido imposible ya que todo el mundo te señala un camino diferente. Ya hablé sobre esto, lo sé, es que aún me sorprende la cantidad de personas que te mandan a cualquier lado. Algunos piensan que tienen razón, otros no quieren admitir que no saben y los demás supongo que creen que esa es la forma más rápida de sacarse el nuevo problema de encima (esta viajera molesta que no sabe dónde está parada).

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Pareciera que uno llegó al horizonte, pero siempre hay más mundo.

Llegué a Taberna 47 con frío y cansada. Dediqué mucho tiempo a quedarme charlando en el restaurante del hostel. El dueño, los demás visitantes y yo conversábamos cada día alrededor de una cocina antigua de esas que les hechás leña por el costado. Siempre había agua caliente en la pava. Un gatito de mes y medio, blanco como la nieve, luchaba conmigo. Tan simpático y bravo. Me recordaba a un cachorro de tigre blanco diminuto (para ser gato tenía las patas muy grandes). Le enseñe al dueño como cortarle las uñas, así que los que no son amantes de los gatos, no teman. De todas formas estoy segura que este personaje va a seguir robando más de un corazón entre los huéspedes. El dueño siempre está dispuesto a meterlo dentro de su jaulita si alguien se siente ofendido ante su presencia felina (¡por favor no incentivar este acto! A mí me desesperaría estar en una jaula todo el día).

Aquí conocí a un fotógrafo francés con el que recorrí los alrededores.

El primer monasterio que vimos quedaba sobre una montaña. Los primeros 5 escalones se llevaron nuestro aliento dando paso a una respiración agitada. La altura de Shangri-La hacía efecto en nuestros cuerpos. Al principio no lo notás pero ni bien tenés que hacer esfuerzo físico te sentís cansado. Subimos por un camino que parecía llevar a ninguna parte y nos encontramos con un mirador y, más adelante, un templo tibetano repleto de banderas de colores (The Chicken Temple). Las banderas tibetanas son usadas para esparcir bendiciones a través del viento a todos los seres cercanos. Sin saber esto, de pronto me sentí feliz entre tanta magia de colores. Llovió, salió el sol, y el cielo nos regaló dos arcoíris sobre la ciudad. Mi alma se despejo poniendo las nubes fuera y los colores dentro. Las bendiciones hicieron efecto.

El templo estaba lleno de figuritas pero vacío de gente excepto por aquellos que viven allí y cada tanto se los escucha pasar. Primera vez que me sentía en un lugar auténtico. Nadie pensó como hacerlo lindo para el turismo. Todo había sido improvisado por la gente del lugar que poco a poco fue llevando estatuitas, fotos, velas y adornos. Las gallinas y los cerdos caminaban alrededor del templo creando, en mi mente, la idea de estar muy lejos de la ciudad en algún lugar escondido y olvidado del Tíbet.

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LLuvia y doble arcoiris sobre Shangri LA.
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Banderas tibetanas, The Chicken Temple.
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The Chicken Temple, le dió luz a mi día.
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Las banderas tibetanas de oración esparcen bendiciones a todos los seres cercanos a través del viento.
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Me encontré con una mezcla cultural china y tibetana. Ponen dinero, comida, agua, flores, estatuillas, velas y mil cosas más.
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Cerdos y pequeños animales caminando alrededor del The Chicken Temple.
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Y no podían faltar las gallinas y los gallos (The Chicken Temple). Apenas comenzó a llover corrieron a su escondite asomandose cada tanto para chequear si había parado.

De camino fuimos a la rueda de plegaria del lugar sagrado (Sacred Site). Una rueda dorada gigante para la que se necesitan cerca de 15 personas fuertes para hacerla girar. Mi amigo se resbaló a causa de la lluvia y quedó colgando de ella. Todos rieron, pero me pegué un gran susto. Su única preocupación fue la cámara que por suerte quedó intacta. Es increíble lo protector que te volvés con ella cuando comienza a ser tu compañía diaria. Primero la cámara y el disco rígido, después yo, luego la computadora (mi lista de prioridades un poco extraña).

De allí nuevamente al hostel a sociabilizar. Un viajero me regaló una guía del sudeste asiático y decidí dejar la mía de China olvidada en el aeropuerto. Me encantaría encontrar una de sorpresa con todas las anotaciones dentro de algún desconocido. Ojalá termine en las manos de alguien que la necesite. De a poco estoy aprendiendo a dejar ir las cosas y las personas cuando ya es hora. Es algo que te intenta inculcar el budismo pero, perteneciendo al mundo occidental, es terriblemente difícil para mí. En mi caso, las cosas materiales suelen tener un valor emocional: fueron un regalo, fruto de mi esfuerzo o viajaron tanto conmigo que ya pienso que las necesito. Las personas me son indispensables casi por las mismas razones: un apego emocional y la creencia de que voy a sufrir si me alejo de ellas. De a poco me doy cuenta que uno sufre por ese lazo vicioso. Estoy aprendiendo a generar otro tipo de relaciones no basadas en una necesidad (carencia) ni generando tanto apego. Hay que vivir en el presente disfrutando lo que uno tiene ahora y dando gracias por aquello que se fue. Todo muta, nada es permanente. Es difícil llegar a la aceptación de los ciclos de la vida. Me cuesta charlar sin desvariar y aún más escribir. La vida de viajero te hace repensar tus conocimientos, la base de tu comportamiento, tus paradigmas y estructuras. Y Shangri-La aún más.

Se hizo de noche y me fui a dormir. Gracias al mundo por los acolchados eléctricos. Hacía mucho mucho frío.

Al día siguiente mi amigo me pidió que lo acompañara al Monasterio Songzanlin. Se trata de un complejo de 20 templos tibetanos de más de 300 años de antigüedad. Cuando llegué pensé que me iba a encontrar con un templo más de los tantos similares que había visto. Estuve a punto de no ir. Los colores, las formas, la majestuosidad y la espiritualidad que inspira el lugar tienen poco que ver con todo lo que conocía.

Cuando entrás al monasterio principal, cruzando la puerta,  te encontrás con escaleras situadas a los lados. En el piso superior podés tener cara a cara las estatuas. Cada una diferente en sus colores, sorprenden por la enormidad de las construcciones. Si subís un piso más te encontrarás con el patio desde el cual tenés una vista panorámica de los templos y el lago. En este último patio me crucé con dos monjes que contemplaban el paisaje en silencio. Me puse a su lado a mirar el lago y cuando se dieron vuelta a mirarme les hice un gesto de que me gustaba la vista y la tranquilidad del lugar. Sonrieron. Acto seguido le consulté al que tenía más cerca si podía sacarle una foto y para mi sorpresa me dijo que sí posando para mí.

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La pasividad de la gente en sus ratos de introspección… (Monasterio Songzanlin).
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Templo principal, Monasterio Songzanlin.
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Recorriendo las casas aledañas, te encontrás con cuadros y adornos olvidados por ahí.
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Puerta tibetana, Monasterio Songzanlin.
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Buda de cuatro caras, Monasterio Songzanlin. Te hace pensar sobre el ser humano y su relación con un prisma.
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Una de las estatuas gigantes del templo principal (la que más me gustó), Monasterio Songzanlin.
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Cada tanto pasaba un monje con paso apresurado por los pasillos, Monasterio Songzanlin.
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Muchas veces una sonrisa te abre puertas.
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Metiéndome en cada recoveco…

Bajando las escaleras nuevamente, me metí en un patio enorme donde había muchos monjes supervisando la construcción de ruedas de oración y adornos para el techo. La mayoría eran jóvenes y jugaban, se reían y se agarraban de la mano. A la mayoría les daba vergüenza salir en las fotos pero se reían y se las mostraban a otros cuando les daba la cámara. Los monjes más sociables y alegres que conocí a lo largo del país.

De salida, dimos una caminata alrededor del lago de aguas tan quitas que se ve el monasterio perfectamente reflejado en sus aguas. A mitad del camino comenzó a llover, para ese entonces ya tenía una inmensa sonrisa en mi cara.

El resto de los días pasó tranquilo. Decidí irme a Tailandia en vez de seguir camino al Tíbet a causa de mi tos que no se curaba. Necesitaba un poco de aire caliente, y no tenía idea de cuan caluroso iban a ser mis días a partir de allí (la tos se me curó al segundo día de irme).

Más adelante, editando las fotos, me di cuenta que tengo unas ganas crecientes de volver al sur de China. Shangri-La y Dali son grandes motivadores.

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Dentro del templo principal, velas por doquier. Monasterio Songzanlin.
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Cariño sin tabúes. Jugando como niños. Monasterio Songzanlin.
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Un niño me mira por dentrás del brazo de la madre. Las mujeres trabajan en construcción cargando ladrillos y cosas pesadas.
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Sonbrero típico para cubrirse del sol mientras trabaja en construcción, Monasterio Songzanlin.
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Vista del monasterio desde el otro lado del lago, Monasterio Songzanlin.
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A lo lejos, una pareja disfruta del verde sobre el monte. Monasterio Songzanlin.
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En la tierra el cielo. Monasterio Songzanlin.
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Mi amigo francés contemplando la pasividad del lago. Unos minutos después se largó a llover. Ya no corro más a refugiarme, la disfruto (después de guardar apropiadamente las cámaras). Monasterio Songzanlin.
Si vas a viajar y necesitas información útil sobre el lugar ve al post Shangri-La:Info. Útil.

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2 comments

  1. Hermosas imágenes!
    Me identifique mucho con el tema del desapego, es un proceso que también lo viví en China, digamos que un poco a la fuerza ya que tantas cosas pesaban en mi espalda. Me costo, pero de a poco , igual que vos, tome la decisión de comenzar a “olvidarme” cosas en lugares. Iba dejando de a una a la vez, algunas las dejaba y antes de irme volvía a buscarla, una locura, porque al fin y al cabo son cosas materiales. Pero lo lindo es empezar a hacerlo. No solo uno viaja materialmente mas liviano, sino tmb lo hace sabiendo que pudo adoptar otra manera de ver las cosas, en mi opinión mas sana.
    Besoso
    Lau

    • Hola Lau! Que lindo comentario. Comparto la misma forma de ver el asunto. Pero vos ya sos toda una profesional! 🙂 La segunda cosa que dejé fue una osa de Canon que me regalaron en Bangkok. me hacia mucha compañía pero la niña que se la quedó en Koh Samui seguro que la disfruta más que yo. Es lindo sentir que otro le va a dar más uso a aquello que vamos dejando por ahí. Viajás materialmente más liviano y mentalmente también. Menos cosas de las que preocuparse o cuidar. Menos ropa es sinónimo de menos indecisiones a la hora de vestirse. A veces menos es más. Incluso con las personas. Aunque eso ya es para una conversación con mate de por medio. Tengo mucho que aprender de vos!

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