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Mis días de sirena – Máncora, Perú

Mi conciencia sale del mundo de los sueños con el murmullo del mar, hoy es un día de marea baja y ronronear tranquilo. Me decido a abrir los ojos sabiendo lo que voy a encontrar: mis pies con la enorme ventana de fondo, la hamaca paraguaya y esa extensión azul que pareciera infinita.

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Recostarme en la hamaca y cerrar los ojos concentrándome en el vaivén del mar.

Un pelícano pasa volando y luego vienen tres más. Se tiran en picada atravesando esa masa acuosa y emergiendo con el pico y la garganta dilatados por el pez que lograron atrapar. Jamás me imaginé encontrar pelícanos en Máncora y ahora que los veo cada mañana no puedo contener la sonrisa, aunque tampoco lo intento.

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Despertarme y salir a decirle buen día al sol.

Un paseo en moto hasta El Ñuro, una tranquila caminata sobre los tablones del muelle y un lento descenso para sumergir mis pies en el agua. Como siempre, me resulta fría y me hace dudar. Una de las tortugas verdes aparece nadando y de repente me olvido del cuerpo, de las sensaciones mundanas, para sumergirme en esa certeza de haber sido sirena en alguna otra vida. Sirena de aguas calientes, recuerdo al zambullirme, pero sirena al fin.

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Vienen desde Galápagos y son inmensas.

La tortuga pesa más de 100 kilos y se ve enorme a medida que se acerca. Parece querer tocarme. Comienza el ritual de aproximarse a la chica sonriente que tiembla de frío mientras se agarra a la escalera. “¿Me quieren morder?”, pienso. No, solo quieren jugar o quizás un trozo de comida, de esos que les tiran desde arriba. Parecieran ignorar al resto de los turistas. Todas vienen a mí por más que me ven patalear rápido para alejarme cuando se acercan bruscamente y de frente. Poso mi mano sobre un caparazón y el rápido movimiento de sus patas lo arrastran debajo de mi palma. Se siente extraño; único y extraño. Quisiera tener la capacidad de perderme entre sus dibujos, creyéndome mar. Distingo una notable influencia del libro que estoy leyendo: “El caballero inexistente” de Italo Calvino. A veces me fundo con los personajes y a otros apenas los logro vislumbrar. Gurdulú. Quisiera ser Gurdulú para perderme en sus dibujos, creyéndome espuma.

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Menos mal que no tengo antiparras…

De vuelta sobre las maderas del muelle, veo dos peces pequeños dispuestos fotográficamente junto a los pies de un joven con expresión alegre. Entre frase y frase me cuenta, casi sin gestos pero con una sonrisa blanca resaltada por su piel oscura, que trabaja en los barcos pesqueros. A las seis de la mañana salen botes con turistas para avistar ballenas mientras que ellos, van en busca de comida para vender. A las cuatro de la tarde, cuando el sol comienza a querer un baño en la costa peruana, vuelven los barcos y manos curtidas bajan pescados de a montones. El cielo se cubre de sangre, lamentando la muerte de los tiburones que son exhibidos como trofeos de una guerra injusta donde el adversario, sin elegir la lucha, sabía que perdería la vida.

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Pescadores en barco, otros en balsa y más cerca, pero no se ve en la foto, otro que pescaba buceando.
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Descansando luego de un día de trabajo (Máncora).

En pocos minutos llego al muelle del tranquilo poblado de Los Órganos. Me siento en una de las cevicheras para comer un plato de ceviche de merluza por cuatro soles. Doña Nirma corta la cebolla con una velocidad que me arquea las cejas. Troza la merluza, exprime los limones peruanos y pone el plato en la mesa con una sonrisa abierta mientras le pregunta al señor que le paga si ya hizo “miau miau” con su señora en el mototaxi que maneja. Ríe pícaramente.

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Nirma preparando el ceviche.
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Buenas noches Máncora.

La noche llega y duermo sabiendo que mañana me despertaré de nuevo con el sonido del mar. El ritual se repite. Es un día de marea alta. La luz entra en mis ojos mientras el golpetear de las olas contra la arena me sacan del sueño. La escena cambió: mi cuerpo se encuentra sobre una colcha de estilo árabe y un mosquitero cuelga protegiéndome del mundo exterior. Dudo si estoy soñando. Quizás, en un arranque de locura, creo ser uno de los personajes creados para calmar las ansias del sultán Shahriar. Me levanto, cruzo una frontera de tela y me doy cuenta que cambié de hotel. Estoy parada en el que será mi patio de juegos por una semana, mi oficina para narrar historias y dejarme llevar por el sosiego de la playa. Me tiro en un sofá, miro hacia el mar y veo a tres surfistas esperando la ola adecuada. Me pregunto si habrá alguna escrita con su nombre o ellos también se creen un poco Sherezade. Después de todo, ¿qué es la vida sino un libro de letras invisibles e historias que cada uno teje a veces desprolijamente, a veces no?

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Y mirando el cielo recuerdo a Juan Salvador Gaviota y sus posibles.
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Y la imposibilidad de lo imposible sin que nosotros le demos forma dentro nuestro.
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Me pregunto qué historias tendrán para contar estos negros pájaros de rojas gargantas.

Sin salir del ensimismamiento que brindan los primeros rayos, me acuesto en la cama del balcón. Las musas vinieron a mí, como decía Serrat. Mis dedos corren por el teclado como si fueran sellos con tinta en un despacho de escribano. Hace unos meses descubrí que perdí la capacidad de entender enteramente la letra de mis cuadernos cuando me torno elocuente con las manos. La computadora me salva. Devuelve la entereza a las letras y el sentido a las frases. Aunque confieso que aún siento cierta debilidad por las biromes. En sus garabatos veo una irracionalidad perfecta, la falta de finura de sus formas me trasladan a un mundo cargado de belleza. Levanto la vista hacia el mar y vivo una eternidad, contenida en pocos segundos, de pensamientos enmarañados.

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A veces me siento sobre una tabla que va rápido y me crea adrenalina y amor por lo que veo. Otras, me caigo de la tabla y sueño con una boca desdentada, un trillar de peces saliendo por mis orejas u olas tan grandes que gritan un futuro envuelto en agua.

Mañana iré a Zorritos. Vi las fotos de pasada por la peatonal: personas completamente cubiertas de barro saliendo de fosas naturales. Me recuerdan a los guerreros de terracota de Xi’an aunque más allá de sus panzas marrones y redondas poco tienen que ver con el ejército de caras serias. Un amigo motociclista me aconsejó visitar también el pozo de aguas termales que se encuentra en un emplazamiento militar. No es natural, lo hicieron en busca de petróleo pero la naturaleza les jugó una mala pasada. A ellos, a nosotros que estamos de visita nos benefició porque no sería lo mismo si fuera un polo petrolero. Hoy saldré a preguntar dónde queda.

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Imagino una mancha negra cubriendo el mar y me estremezco.
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A un ave tan blanca la quiero blanca; no la quiero rosa, ni verde, ni negra.
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Y qué sería de este pequeño de caminar pausado.

Aquí se hace difícil consultar cualquier cosa que salga de los paquetes turísticos. Pareciera ser un pueblo de extranjeros. Los limeños se amontonan en los puestos de ventas mientras los argentinos intentan que vayas a comer al restaurante para el que trabajan y algunos europeos se pasean tocando música a cambio de monedas, la que vos elijas de la colección que exhibe tu monedero. Ojo con las gastadas que suelen ser falsas.

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Así es el centro: repleto de mototaxis, turistas, tiendas y restaurantes.
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Cada noche los ves tocando melodías variadas a cambio de unas monedas a la gorra.

Lo mejor es hablar con la gente de los muelles. Oriundos de estas tierras de aguas saladas, guardan la sabiduría del lugar. Te explican los horarios de la gente y las mareas como si fueran relojes suizos en cuya exactitud podés confiar. “De órganos a Máncora el mototaxi está a 6 pero si tomás un remis pagás 4”, te dicen. Y vos, turista, te sentís más gringa que nunca porque te cobraron el doble. Por suerte a mí no me pasa, mi corcel fiel me lleva a donde quiera excepto a las profundidades submarinas.

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Cuando llega el pescado también llegan las aves que se amontonan aleteando cada vez más cerca de la arena.

Ayer me tomé unos mates con unos amigos uruguayos para festejar el reencuentro. Me contaron sobre algo que aún no conozco aquí: la noche. Cuando el reloj marca medianoche podes estar seguro de encontrar todo tipo de vicios en los boliches sobre la playa y los bares del pueblo. Durante el día te ofrecen por la calle seis gramos de marihuana por 30 soles. De noche la oferta cambia a cocaína y el precio se eleva. “Un chico estaba festejando su cumpleaños con una torta de seis líneas blancas”, me cuenta. Nunca probé, pero me imagino lo inconsciente que quedaría con seis chupitos de tequila. Me parece difícil de creer que alguien soporte seis líneas. Dos chicas pasan a mi lado y de sus pronunciados escotes (quiero una de esas remeras) levanto la vista a sus ojos: ingirieron alguna sustancia seguro. Esas pupilas enormes y fijas en el horizonte las delata. Como si me leyeran la mente sacan rápidamente los antejos oscuros del estuche. Son las siete de la tarde.

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Pequeños shorts, vestidos, tiendas, familias, solteros, solteras…

Conversando con la gente me dio la impresión que excepto prostitutas te ofrecen casi lo que quieras por aquí. La joven del diminuto vestido negro y los tacos de 20 centímetros que camina por la arena colgada del brazo de un señor entrado en años hace que dude si prostitutas no habrá también. Sacudo la cabeza para disipar los prejuicios.

Esta noche voy a necesitar cerrar la puerta corrediza del balcón. Estoy a dos cuadras de la peatonal y el golpetear mezclado de las diferentes discotecas se escucha hasta las cuatro de la mañana. El vidrio doble evita que el sonido entre a pesar del redoble de tambores de la canción que repiquetea a lo lejos.

Hasta mañana Máncora, y gracias por estas vacaciones del viaje que le han servido a mi pluma, mi cuerpo y mi mente. Dentro de poco salgo a la ruta de nuevo. No puedo evitar sentir ansiedad, un poco por el viaje y otro poco por la moto. Hasta mañana Máncora.

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Hasta pronto mar.

 SOBRE MÁNCORA

Máncora es un balneario en el norte de Perú, a 190 kilómetros de la ciudad de Piura. Aunque continúa siendo un pueblo pesquero, mayormente vive del turismo gracias a sus playas y a la vida nocturna donde se puede conseguir todo tipo de sustancias ilegales. Aquellos que desean unas vacaciones tranquilas, cuentan con los alojamientos de playas aledañas como Las Pocitas. La infraestructura hotelera es enorme tanto en el pueblo como en sus alrededores. Si bien hay bastantes cosas para hacer en familia, con tu pareja, amigos o en solitario, para surfear mejor ir a Chicama.

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La zona turística puede resultar un poco agobiante para el que no busque eso.
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Pero a pocas cuadras cambian los colores, la arquitectura y los sonidos.
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Perros y gatos se pasean y duermen en sus rincones.
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Y un poco más allá de las playas del centro se extienden arenas silenciosas.

QUÉ VER / HACER EN MÁNCORA

Avistamento de ballenas: cualquier agencia querrá cobrarte una fortuna por llevarte mar a dentro. Una opción más económica es ir hasta el muelle de El Ñuro a las 6 am en punto y tomar uno de los barcos turísticos que zarpan desde allí. Lo más barato que conseguí regatearlo fue por 50 soles pero depende de la gente que haya. El mismo día quizás se puede bajar el precio un poco más. El mototaxi (tuc-tuc) hasta allí cuesta 7 soles. Para volver, hasta Los Órganos cuesta 1 sol y desde allí se consiguen remises por 4 soles. La temporada de ballenas va desde el primero de agosto hasta fines de septiembre/octubre.

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En la playa de Las Pocitas hay un señor que vende todo tipo de cosas que recolecta en el mar.

Nadar con Tortugas: para un paseo cómodo podés contratar el tour pero el lugar no es lejos y si viajas acompañado te saldrá más barato ir por tu cuenta. El bus ida y vuelta a El Ñuro cuesta 12 soles. Otra opción es tomar un mototaxi (tuc-tuc) por 7 soles. Para volver, hasta Los Órganos cuesta 1 sol y desde allí se consiguen remises por 4 soles. Una vez en la playa hay dos opciones: pagar cinco soles por entrar al muelle y bajar directo a una zona con tortugas (les dan de comer para atraerlas) o nadar desde la playa alrededor del muelle (se encuentran dispersas). El chaleco salvavidas cuesta 2 soles pero no es obligatorio. A la vuelta no olvides pasar por las cevicheras del muelle de Los Órganos por un plato de ceviche de merluza preparado frente a tus ojos por 4 soles. En El Ñuro no recomiendo comer porque sale más del doble y es menos rico.

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Una patita es más grande que mi cabeza.

Pozas de Barro en Quebrada Fernández y Zorritos: la primera opción queda aproximadamente a 30 kilómetros de Máncora. No la recomiendo ya que sólo posee un pozo pequeño donde va tanta gente que cuando querés agarrar barro terminás con un montón de pelos ajenos en la mano. En cambio, Zorritos tiene tres pozas con diferentes propiedades minerales. El lugar se llama Hervideros y queda a 65 kilómetros. Aquí encontrarás más locales que turistas y además las pozas son de mayor tamaño. Se llenan con las crecidas del mar y en época de marea baja los lugareños disfrutan del agua tibia y el barro con propiedades especiales para la piel.

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¿Un sombrero para el sol?

Santuario Nacional Manglares de Tumbes: el tour cuesta 80 soles pero hay que tener en cuenta que juntan muchas personas. Un bote te lleva a recorrer las diferentes islas con flora y fauna característica, como la Isla de los Cocodrilos, la Isla del Amor y la Isla de los Pájaros con cientos de coloridas aves sobrevolándola. El santuario consta de 2’972 hectáreas donde van los pescadores de conchas negras a recolectarlas entre las raíces de los mangles. En el centro de Máncora hay muchas agencias de turismo que muestran las imágenes del tour en sus televisores para que puedas tener una idea más aproximada.

Clases de kite surf y surf: niños y adultos principiantes pueden tomar clases en alguna de las tantas escuelas que exhiben sus carteles sobre la playa. Para el que ya tiene una idea, se alquilan equipos en Victors Surf Lessons. Cuando fui, en septiembre, las olas no me parecieron buenas. Todos los surfistas avanzados que vi me los encontré en Chicama, un poco más al sur. Allí se encuentra “la ola perfecta más larga del mundo”, según dicen las revistas y aquellos locos lindos que reman sobre la tabla.

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Academia de surf.
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Principiantes en la playa del centro.
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Algunos se despiertan bien temprano.

Alquiler de motonaves y cuatrimotos: se alquilan motos acuáticas y cuatris para pasear por la playa. Una oferta más interesante es la de Eco-Fundo La Caprichosa con un circuito de canopy-aeromoto que consta de cuatro líneas de cables que recorren 1’600 metros descendiendo por la montaña.

Alquiler de caballos: por la playa verás hombres con dos caballos que van y vienen de una punta a la otra ofreciendo servicios de alquiler. Cuesta 10 soles la media hora (hay que regatear) y tenés la opción de galopar o ir tranquilos con su dueño monitoreándolos.

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Que lindos son los caballos. Pero los prefiero sin montura ni espuelas.

La noche de Máncora: lo bueno de la zona es que podés pasar una noche apacible alejado del centro o una de locura en uno de sus boliches frente al mar. Las drogas y el alcohol parecen moneda corriente aunque no sea siempre evidente ya que cada uno está en su mundo.

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Los pescadores matan los lobos marinos porque les rompen las redes y se comen los peces. Te dicen que se debe a que se pierden cada tanto pero eso es mentira. Intentemos entre todos concientizar que esto está mal. Vi al menos 7 muertos.

CÓMO LLEGAR

La empresa aérea con mejores ofertas es Lan Chile. Los aeropuertos de vuelos nacionales más cercanos son el de Talara (72 km.), Tumbes (102 km.) y Piura (190 km.). Los internacionales son los de Lima (1’165 km.) y Guayaquil en Ecuador (470 km.). Todos ellos cuentan con agencias de transporte (bus, minibús, taxi) que conectan con Máncora mediante buses. Desde Guayaquil el viaje cuesta aproximadamente 20 USD (2015) y desde Lima alrededor de los 30-35 USD.

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El puerto del pueblo.

Algunas de las empresas de transportes de Máncora son: Oltursa (www.oltursa.com.pe, 225-4499 /224-1839), Civa (www.civa.com.pe, 332 5236 / 423 2755) y Cruz del Sur (www.cruzdelsur.com.pe, 225 6163 / 215 5031).

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La playa más centrica con el alquiler de bananas y motos de agua.

DÓNDE HOSPEDARSE

La opción más barata es el camping por 5 soles seguida de PK’s, un hostel sobre la playa que brinda camas en habitaciones compartidas por 20 soles aunque es posible regatearlo por 10. Si bien el establecimiento está bastante dejado, es céntrico y cuenta con cocina, balcón amplio con vista al mar y sillones para distenderse.

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En una de las suites de Don Giovanni.
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Vista desde la terraza en la que sirven el desayuno.

Para los que quieran descansar en un hotel cerca del centro, las opciones son muchas. Don Giovanni Suites consta de amplias habitaciones con visa al mar y otras internas más tranquilas por la noche. La playa se encuentra a un pazo, el desayuno te hará comenzar el día de buen humor (huevos revueltos con pan, mermelada, café y jugo) y el personal es amable y solícito. Elige la que tenga cama con mosquitero, te traslada a los cuentos de Las Mil y una Noches.

Si lo que buscás son noches silenciosas y despertares tranquilos con vista al mar, te recomiendo buscar un hotel en Las Pocitas. Queda a dos kilómetros del pueblo y un mototaxi (tuc tuc) hasta allí cuesta 3 soles (mismo precio para una persona o para tres). El Hotel Punta del Mar cuenta con piscinas y habitaciones con vista al mar y hamacas paraguayas. Disfruté mucho del lugar pero hay que tener en cuenta que cuenta que la cocina cierra a las cinco de la tarde y no hay lugares con precios razonables cerca, no cuenta con servicio de lavandería y por la noche sólo queda el guardia de seguridad en el hotel. Más allá de los servicios, el lugar es hermoso.

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A Las Pocitas le llaman así por estas pequeñas piscinas.
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Nadando en Punta del Mar.
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Uno de los hoteles que vi caminando por la playa. Algunos son bien bonitos.

QUÉ COMER

Las opciones son variadas. El lugar más agradable a mi gusto es La Sirena de Juan con carta de pastas, pescados y mariscos. También hay sitios con menús italianos y pizzas a la piedra de ocho porciones desde 42 soles.

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Me encantó la decoración.

La opción más económica es el menú que aparece en los carteles sobre la avenida principal. Allí por 8 soles podés elegir entre 4 entradas, 5 platos principales (le llaman “segundo”) y viene con una limonada de yapa. Para agrandar los platos y abaratar el menú conviene ir a comer a los restaurantes del mercado. Son menos agradables a la vista pero se comen porciones más abundantes, más ricas y por sólo 6 soles.

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Por aquí se entra al mercado. La primera doblar a la izquierda. Seguir derecho (o de frente como dicen en Perú) y a tu mano izquierda hay un pequeño restaurante con mesas que vende un menú abundante por 6 soles.
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Carne, verdura, fruta, ropa… lo que quieras.

Banana’s, justo fuera de un negocio de ropa chic, cuenta con promociones a tener en cuenta: un jugo de estación grande con un sándwich de pan ciabatta por 8 soles. Los sándwiches varían. El que más me gustó fue el vegetariano: lechuga, tomate, palta, queso fresco, champiñón, aceituna, albahaca y aceite de oliva. Además, también vende copas de frutas con yogurt, cereal y miel por 5 soles.

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Sobre la playa cerca de PK’s hay una señora que por 10 soles te hace alguno de estos a la parrilla. No recomiendo la carne, es durísima.
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Conviene tantear los precios en el mercado para poder regatear luego en estos carritos más cerca del centro.

Para comer bien basta con no dejarse tentar por los primeros lugares que veas y recorrer el pueblo. Si tu intención es probar el ceviche de merluza o conchas negras te recomiendo ir al muelle de Los Órganos. Allí se encuentra una cevichera llamada Nirma que lo prepara frente a tus ojos y cuesta 4 soles. Verla prepararlo es un espectáculo en sí.

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10 comments

  1. Nota y fotos perfectas. Me encantó!

  2. No imaginaba tan importante información! Realmente muy buena! GRACIAS

  3. Muy lindos tus comentarios y fotos.
    La que no apareció mas es Samy. contanos como anda.

  4. Hola excelente blog con información muy valiosa. Se me parece un poco a Copacabana en Bolivia pero en el mar y no en un lago. Curiosamente los pueblos turísticos de Perú siempre presentan características muy particulares como Mollendo en Arequipa, bien al sur. Saludos cordiales

    • Hola Pablo, bien distinto a Copacabana en principio por la cultura, la flora y la fauna, los paisajes (uno es arenoso árido y el otro montañoso)… creo que por todo. 🙂 Aún me queda pendiente subir el post de Copacabana.

  5. Hola!
    Qué lindo parece todo! Me quedé con ganas de conocer más de Perú después de Lima y Cusco, aunque lo del agua no potable me complicó…vos ya comes cualquier cosa sin preocuparte no? 🙂
    Muy bueno el blog!!!

    Besos,
    Cony

    • En todos lados excepto en Ecuador aparentemente pero no por lo de potable sino por los minerales que tiene que me descomponen feo. Hay formas para potabilizar el agua (pastillas, botellas especiales, lavanda y hervirla). 😉

      Abrazos Cony!

  6. Muchas gracias por traerme de vuelta recuerdos de mi querida Mancora: los puestos del mercado, las calles traseras, las pozas…
    Han urbanizado la playa principal, antes era más salvaje, pero sigue manteniendo su encanto de hace 10 años. Esperemos que no se masifique y aprendan a cuidar ese bello santuario natural peruano.
    Gracias de nuevo y un abrazo!
    Sara

    • Saraaa!!! Que lindo encontrarte aquí. 🙂 Ojalá. No me dio la sensación de que cuiden demasiado pero creo que de a poco vamos cambiando la forma de pensar y aprendemos a cuidar lo que nos rodea. Un abrazo enorme!!! Y que nos crucemos de nuevo!!! 🙂

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