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Los dos Marruecos – Mujeres que viajan solas

Recuerdo hace unos meses, en España, que todo el mundo quería darme consejos sobre Marruecos y escuché muchas críticas negativas de chicas que fueron sin hombres. Eso mismo lo viví en Ait Ben Haddou cuando cada persona que se acercaba con una sonrisa terminaba queriendo vendernos algo, pedirnos dinero o apretujarnos de más. Esa es la cara que mucha gente conoce de Marruecos, la que te cansa y te aleja si no ponés la mirada en lo positivo del viaje. La del Marruecos turístico, la del turista con dinero lo tengas o no.

Ait Ben Haddou o la meca del cine en Marruecos.

La otra, la que a mí me parece la más real, es la del Marruecos honesto y hospitalario. Podés encontrarla en Assilah, Dadés, Merzouga o Ait Ben Haddou si acudes a los que no se acercan a vos, los que se mantienen ocupados con sus cosas. Acude a ellos y ve qué pasa.

La primera noche la pasamos en Assilah. Nos intentaron estafar el primer día en el estacionamiento de entrada a la ciudad antigua. No pensábamos quedarnos (es tan turístico que muchas de las casas pertenecen a extranjeros). Mi idea era preguntar el precio de una habitación e irme si era cara, y de seguro lo sería. Un chico nos llevó a lo de Fátima, que no se encontraba allí, y cuando nos estábamos por ir una señora se asomó desde otra ventana para preguntar en árabe qué queríamos. Terminamos durmiendo en uno de los tantos sofás de un living de una casa muy pequeña por 50 Dirham cada una (5 Euros). La familia nos invitó a almorzar, tomar el té y cenar con ellos sin cobrarnos. Vivimos en familia la festividad del cordero marroquí hablando por señas y aprendiendo un poco de árabe. Los dueños eran un matrimonio con tres niñas pero la hermana de ella estaba de vacaciones allí con sus dos hijas mayores. La casa constaba de un pasillo pequeño con un baño en la pared de la izquierda, aún mas pequeño, en el que hacías tus necesidades de cuclillas y te duchabas sentado en un mini banquito con un jarrón en la mano para tirarte agua. En la pared derecha del pasillo se abría un gran arco con dos ventanas a ambos lados, también en arco, cubiertas con cortinas. Allí había un salón con un sillón completo en forma de U cuadrada, que cubría lo largo de sus tres paredes. Estaban forrados en una tela violeta con adornos en dorado. El mantel de la mesa baja central y los tapetes también tenían colores brillantes. Daba la impresión de estar dentro de la película de Aladino con tantos colores y cortinas. Continuando por el pasillo te encontrabas, de frente, con el único dormitorio y a la izquierda se habría otro arco para acceder a la cocina y, una vez allí, había otro arco con cortinas para entrar a otro pequeño living con colores brillantes. Allí, en ese pequeño living, dormimos nosotras.

Un hombre entrando a una de las mezquitas de Assilah que siempre tienen las puertas pintadas de verde.
Le dijimos lo lindo que es su vestido y nos dejo tomarle una foto con esa cara tímida.
El atardecer de Assilah. Africa nos recibió bien.

Al día siguiente partimos contentas con la generosidad de la familia. También nos quedo en la mente aquellos chicos intelectuales de Marrakech que nos invitaron un tentempié y a sentarnos a charlar de la vida con ellos. Ese día llegamos a la zona de las cataratas a unos kilómetros de Chefchaouen y acampamos por poco dinero en un camping pequeño, ya que el lugar era muy turístico. Turístico para locales, porque nos cruzamos con cuatro extranjeros en dos días. Las familias marroquíes de vacaciones cocinaban y comían a la orilla del río de agua cristalina pero helada al punto de que sentías mil cuchillos atravesándote el pie. A un lado y el otro iban sucediéndose los pequeños puestos de comida casera (tangine, cous cous y carne). Muchos cocinaban lo que quedó del cordero de las festividades del día anterior y, por alguna razón, nos paraban para ofrecernos carne y té. El primer día comimos sin querer comer porque era difícil que aceptaran un no por respuesta. El segundo día, de camino a la cascada, conocimos dos chicos que nos acompañaron todo el trayecto, nos invitaron té y luego el almuerzo con dos amigos más. Compartimos solo unas horas charlando pero parecía que querían asegurarse de que nos lleváramos una buena impresión de su país.

De allí nos fuimos a acampar al bosque de cedros. Preguntamos a los artesanos y nos dijeron que pongamos las carpas por la tarde, antes de que bajara el sol. Nos tomamos el té con uno que hablaba portugués y dedicamos las primeras horas de la noche a tomar fotos nocturnas. Dormí con dos bolsas de dormir pero pasé frío. En mitad de la noche me desperté por un ruido extraño. “Un cerdo”, pensé, y recordé que nos habían advertido que tengamos cuidado con los jabalíes. Mientras menos me moviera mejor. Aún así despertamos vivas y rodeadas de cedros con monos grises colgando a lo lejos. Sabían donde acampábamos pero todo seguía allí.

Me desperté temprano.
Estos pequeños caracoles solían usarse como moneda.

Continuamos la ruta y pasamos por diferentes desiertos de colores cambiantes. Nos internamos en tierras Bereber sin rastros de extranjeros. Los hombres se sorprendían cuando entrábamos a los cafés por un té pero nadie nos prohibía el paso. Aparentemente solo los hombres van a los cafés.

Un hombre en una estación de servicio nos regaló una botella de agua y muchos otros nos ofrecieron un té o algo de beber con la intención de ayudar a pasar el calor del desierto.

Nos internamos en una carretera muy pequeña y rota donde el asfalto era intermitente y nunca sabías lo que vendría luego de la curva. Un pastor bajó a saludarnos y hablar con nosotras cuando nos vio parar. Seguimos un par de horas más entre pequeñas montañas pero estábamos cansadas. No sabíamos dónde acampar porque donde sea que pudiéramos meter las motos iban a ser visibles desde la carretera. Decidimos parar en cualquier casa y preguntar si podíamos acampar fuera.

Me bajé de Argi, mi moto, y me dirigí a una casa de barro en L con otra más antigua. Una señora vieja sacudía el cuero de una cabra relleno de leche y sostenido por tres palos. Luego nos enteraríamos que así se hace la leche agria. Una niña vestida de rosa asomaba detrás de su hombro con una seriedad digna de una persona mayor. Un pastor muy joven se acercó para ver qué quería y le expliqué con señas que queríamos acampar cerca. La señora entendió y me señaló la casa mientras el chico intentaba explicarme que podíamos dormir dentro. Por las dudas le pregunté cuántos Dirham saldría pero me contestaron que “no Dirham”. La llamé a Kimie y una vez las dos allí volvimos a preguntar obteniendo la misma respuesta.

La mujer embarazada, la niña, las manzanas y la piel de cabra.

Al rato apareció una mujer embarazada que era la madre de la niña. Las cuatro mujeres y la niña conversamos toda la tarde, por señas, entendiendo de a poco y repitiendo mucho con las manos. Nos sirvieron té con pan y queso, luego fuimos a recolectar manzanas al valle, nos mostró la huerta, las vacas y a mí los becerros porque las grandes me daban miedo y ella no paraba de reír. Acompañamos a la mujer embarazada al río a recolectar agua en dos baldes para lavar los vegetales de la huerta. Yo llevé uno hasta la casa y Kimie el otro a pesar de las reprimendas de la mujer que quería llevarlas ella porque nosotras éramos las invitadas. Es impresionante el trabajo que hacen las mujeres durante todo el día, no paran. Aquí, cuando te casas en general te vas a la casa de tu marido y ayudas a tu suegra con todos los quehaceres, que son muchos.

La niña perdió rápidamente la seriedad y comenzó a jugar con nosotras e intentar comunicarse sin éxito. Kimie se puso a intentar peinarle el enredado y sucio cabello. Recordé de que tenía gomitas de pelo rosas y se las regalé todas. Corrió con felicidad a guardarlas dentro, bajo la orden de la abuela.

La mujer embarazada era la esposa de su hijo mayor, el pastor era el hijo menor y otro de sus hijos había muerto. Nos explicó que los hombres dormirían en otra casa y nosotras en la misma que ellas pero bajo llave. Esto último no lo entendí bien hasta que se fueron a dormir a otro sitio y nos dejó solas en una habitación enorme explicándonos que debíamos cerrar con llave por dentro para sentirnos más seguras. Nos insistieron para que cenemos con ellos pero estábamos tan cansadas que nos dejaron ir a dormir sin comer (sí, como una madre preocupada). Nos pusieron colchas gruesas, tejidas a mano, sobre el suelo junto con algunos almohadones. En la habitación contigua tenían una pila de colchas desde el suelo hasta el techo, cubriendo casi una pared entera, lo que me hizo pensar que las vendían.

La vaca con cuernos que me daba miedo y hacía reír a las mujeres.

Esa mañana hacía un frío gélido. Nos levantamos con el amanecer, cargamos las motos y seguimos viaje. Alrededor del mediodía le pedí a Kimie que paremos en un café porque la temperatura superaba los 40 grados centígrados y el ventilador de mi sistema de refrigeración por alguna razón no estaba funcionando. Esperamos sentadas a la sombra hasta las cuatro de la tarde, cuando comenzamos a sentir que aminoraba un poco el calor, y seguimos viaje hasta las siete. Intenté no forzar a Argi porque no quería fundir el motor, pero aparentemente iba bien sin ventilador. Eso, o la luz del tablero que significa “estoy prendida fuego” tampoco funciona.

Nos esperaba en Khamlia, muy cerca de la frontera con Argelia, una bloguera española que vivía en el desierto desde hacía siete años. Hace poco se había casado con alguien de allí y tenían un niño de dos meses. Nos ofreció hospedaje pero también enseñarnos la otra cara de las dunas, la de la vida en familia y la amistad del desierto. Allí el tiempo pasó lento y rápido a la vez. No teníamos idea de qué día era, perdimos la noción de las horas. ¿Quién necesita los días en el desierto? Los problemas, las risas y las tareas se resuelven a medida que aparecen las necesidades y la vida es lenta y apacible. “La prisa mata”, me dijo Alicia, y pensé en nuestra vida de hormigas trabajadoras con la cabeza siempre en el futuro y poco en el presente. La prisa mata.

Argi quedó allí, sobre arena blanda, mientras subíamos la duna. Los dromedarios iban más rápido que nosotras.
A veces les tratamos tan mal que me dan ganas de abrazar a cada animal sobre la tierra.
ByKimie está muy off-road. Me costó convencerla de sacarse las botas.

Fuimos a un casamiento bereber con música Gnawa. Las bodas duran tres días, el primero se arregla a la novia y al novio que permanecen con las caras tapadas hasta que en el último día se lleva la novia a la casa de su marido. Los vestidos son coloridos y, para un occidental, parecen disfraces de un cuento árabe pero para ellos son vestidos de fiesta.

La música Gnawa nació de la fusión de las culturas traídas a la zona por los esclavos negros, la cultura bereber y la árabe. Los movimientos son rítmicos y cortos al igual que la música que es de trance, y sí que lo es! Además de las danzas tradicionales descubrimos que Marruecos importa música en todos los idiomas y que la canción más conocida es “Despacito” de Luis Fonsi. Los chicos de los alrededores se sumaron con entusiasmo a una idea que se le ocurrió a Ali: grabar nuestra propia versión de la canción. Resultó en un video muy gracioso con bebés de por medio, chicos que intentan cantar en castellano y nosotras vestidas con ropa típica. Muy chulo, como diría Ali.

La novia tiene la cara tapada y el típico collar de casamiento alrededor del cuello. La gente se congrega alrededor de ella y de los músicos.
Me pareció tan lindo el pañuelo amarillo que pregunté si podía tomar una foto. Aquí siempre hay que preguntar.
Las mujeres en la boda.

De allí a Dadés donde nos vimos, por primera vez en el viaje, rodada de extranjeros. El segundo día nos subimos a nuestras motos y nos fuimos tan lejos como la autonomía de Argi me dejaba (60 kilómetros para ir y otros tantos para volver). Después de unos minutos comenzamos a encontrarnos rodeadas de pueblos bereber de nuevo. Al regreso paré a ver si lograba comprar frutas en una de las tantas plantaciones en medio de las montañas. No había ningún adulto al que pudiera preguntarle pero unos niños nos convidaron higos secos del suelo, nueces y manzanas para llevar. Cruzamos las palabras que pudimos, básicamente nuestros nombres y un par de risas, y seguimos camino.

Oasis y plantaciones comunales en medio del desierto. Los hay por todas partes.

En Ait Ben Haddou estuvimos casi todos los días desde las 8 de la mañana hasta la cena trabajando con la computadora. Antes habíamos trabajado también pero no tanto como aquí porque la conexión era un poco mejor y me permitía, después de horas, subir algún video mientras editaba el siguiente. La Kasbah es increíblemente turística y nos sentimos agobiadas con las formas de vender que tienen los marroquíes aquí. En el hotel había un cuadro con otras Kasbahs y con una cueva que pregunté si eran de la zona. La Kasbah que quedaba a 6 km estaba muy derruida y se utilizaba como establo así que decidimos preguntar por la cueva. Un señor vestido con la típica túnica y unos anteojos de sol muy oscuros nos dijo que nos llevaba. Le explicamos que no teníamos dinero con nosotras, lo que era cierto, y nos dijo que no hacía falta, que era por el placer de hacerlo. Nos miramos y suspiramos aliviadas, al fin salimos del acoso constante de los vendedores. Después de caminar durante media hora vimos unos agujeros de un metro treinta en mitad de un cerro pequeño de tierra roja. Era allí. Entramos por uno de ellos y vimos un pasillo largo con pequeñísimas habitaciones cavadas a cada lado. El pasillo, de arcilla, tendría unos diez o doce huecos habitacionales. Otro hueco en el techo nos permitió subir otro nivel y encontrarnos con la misma estructura, y otro más… Eran varios pisos con vista al valle. El nómade nos explicó en francés que hace mucho tiempo atrás vivían personas allí, bereberes. Me pregunto cuando eran utilizadas y si sus habitantes eran nómades. Nadie supo decirme mucho sobre ellas, ni siquiera Mr. Google. Tampoco sobre el campo de piedras levantadas que, según el bereber, era un cementerio judío. Sé que había judíos en la zona en los tiempos en que Ait Ben Haddou funcionaba como ciudad de paso y trueque en las rutas de comercio. Pero sólo sé eso.

El bereber y el pasillo largo de las cuevas.
Nos hubiéramos quedado a acampar allí.

Ayer hablaba con un español sobre la hospitalidad y el turismo responsable que aún estoy intentando dilucidar cómo funciona. En principio funciona dejando de pensar que un local es pobre por vivir en una casa de barro y cultivando la tierra. Los lujos que tenemos son lujos: no son necesarios ni te hacen más feliz per-sé. Mucha gente con una vida cómoda es muy infeliz. También dejando de repartir juguetes a los niños que juegan perfectamente con su imaginación. Creo que es más valioso enseñarles a armar juegos con lo que hay en sus tierras que llevarles un autito que dice “Coca Cola” bien grande cuando claramente en medio de la montaña no hay dentistas que les arreglen los daños que causa ese petróleo negro (algunos me dirán que el azúcar del té marroquí es peor). Cuando estás de pasada lo mejor que podés hacer es contribuir a la economía local comprando en mercados los productos del lugar (nada de Made in England) y siendo parte de un comercio justo, entendiendo que los precios son otros y que sí, un vestido hecho a mano se consigue a veces por ocho euros y aún así es beneficioso para el otro porque el coste de vida en general es más barato. Sinceramente sé poco sobre el turismo responsable y tengo sentimientos encontrados. Por un lado creo que ayuda a abrir la mente del que viaja y a tender puentes anti discriminación. Por otro, creo que cambia demasiado las culturas y a veces destruye también esos puentes, dependiendo cómo se viaje. Cada día me dan menos ganas de recomendarles que viajen, porque no es necesario para ser feliz, y veo las consecuencias a veces desastrosas en los destinos. Si tienes alguna pista compartímela porque estoy muy confundida sobre el tema.

Parking de burros y mulas en el mercado de Risani cerca de Khamlia.

Aún nos quedan las tierras Saharauis en las que dormiremos todos los días en carpa. ¿Nos recibirán bien? ¿Pasaremos miedo? Pronto lo sabremos. La prisa de la mente también mata, hoy resolveré lo de hoy y mañana lo de mañana. Mientras, creo que podemos decir que vimos al menos dos caras de Marruecos. Vimos un poco más de sonrisas auténticas que de las que vienen con segundas intenciones. Marruecos es como el resto del mundo: mucha hospitalidad mezclada con unos pocos pillos que hacen más ruido.

Nos dejó sacar fotos de los camellos y nos convidó leche de dromedario para que probáramos. Yo no tomé porque los lácteos no me hacen bien (excepto el helado) pero Kimie me dijo que es más suave.
Adiós tierras Beréber.

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12 comments

  1. Encantado con tu relato Guada!… como siempre. Me alegra verte disfrutando de la compañía de Kimie, diviértanse!

  2. Felicitaciones Guadalupe. Que bien nos hace leerte. Por medellin siempre una familia amiga.

  3. Antonio Ruiz

    Hola guada
    creo que un turismo responsable es como “le soleil noir de la mélancolie” (el sol negro de la melancolía Gérard de Nerval, poeta francés): un oxymoron. No creo que se pueda combinar las dos cosas: o eres responsable o eres turista. Como resulta mas fácil decir lo que no se es, te diría que hagas tu propia auto-critica: yo no soy………..
    Pero como ya te dije en alguna ocasión, viajar es ir en busca del otro para conocer a si-mismo, contestando a esta pregunta supongo que sabras si eres o turista o responsable. Pero de todas formas plantéate esta cuestión per la noche que de dia hace mucha calor y no es conveniente calentarse la cabeza mas de lo que conviene.
    Un fuerte abrazo Guada y
    Hasta pronto Catalina
    Toni

  4. Cynthia Riso

    Adoré tu relato! Ya tenes buen material para un libro, O Mas 😉 y el vestido rojo te quedaba preciosisimo. Besote

  5. Que lindo Guada, amo tu libertad y tu estilo de vida!! Segui con los relatos del viaje, me encantan y me transportan. Hacenos algunos comentarios de como es viajar acompañada por kimi, ya que siempre anduvistes sola.

    • Hola Manuel! Quiero escribir uno sobre viajar acompañado pero desde mi experiencia personal pero necesito darle más tiempo a madurar los sentimientos internos que son una montaña rusa por ahora (un día amo estar acompañada y al otro quiero irme corriendo). Abrazo enorme!

  6. LA PRISA MATA. Lo bien que me hizo leer justo ahora una frase que andaba necesitando recordar, frase que conocí hace unos años en un Hostel de Salta (justamente se llamaba así: “Prisamata”) y que tan bien me vino en ese momento de mi viaje por el Norte Argentino. A veces uno en la inmediatez de la rutina lo olvida y se sube a la vorágine sin pensar, pero cuando se dan los espacios para parar y recapitular, es bueno bajar la velocidad y empezar a disfrutar los lugares, las personas, las situaciones que se presentan y dedicarles el tiempo que su peso específico merece. Asi que, además de un Gracias por el relato, va también un Gracias por recordarme ese mantra norteño que me trae gratísimos recuerdos… LA PRISA MATA.

    • Hola Martin! Es la frase africana más utilizada por los occidentales creo y aquí es cierto porque basta con ver el tráfico o lidear con aduanas para darte cuenta que apurarte es perder en algún sentido. A mí se me olvida siempre y es bueno regularlo. 🙂 Así que me pone contenta habértelo recordado. Te mando un abrazo grande!

  7. Guada, vestido rojo caminando sobre la arena, es para mí la mejor foto…..con tu permiso, va para un cuadro..
    Saludos.

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