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La ola perfecta más larga del mundo – Chicama, Perú

“El pueblo es pobre, no hay nada que ver”, me dijeron dos días antes de subirme a mi moto desde Trujillo rumbo a Chicama. Es pequeño, se camina fácilmente en una hora de punta a punta y en círculos, pero disiento con la frase que quedó plasmada en mi mente haciéndome dudar de ir. Sus calles son apacibles, repletas de tuc tucs que vienen y van respetando el trajinar pausado de los pescadores que cosen sus redes sobre la vereda. Las despintadas casas ostentan cierta altivez en su desprolijidad, con sus marcos de madera descuidados, como si su cercanía al mar les diera una incuestionable impunidad. Los perros se pasean en jaurías y parecieran no tener dueño al que reclamar una caricia cuando llega la hora. Sin embargo, el dueño los espera respetando su libertad como las madres con los niños que juegan libres hasta el confín del viento, entre calzada y calzada.

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La vida del conductor de mototaxi (tuc tuc), contemplativa y a la espera de clientes.
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Armando una red para el trabajo de la semana.
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Una de las fachadas más lindas del pueblo. Una con historia.
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Esperando al conductor un poco ansioso.
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Casitas de colores, perros que pasean con cara de quien tiene todo el tiempo del mundo…

Además de los perros también abundan los carteles escritos con tiza que indican los platos del menú por siete soles. Carteles colocados en el umbral de improvisados restaurantes en alguna casa de familia. Aquí se come pescado fresco y salsas caseras que la abuela cocina frente al pedido del comensal. Aquí se come ceviche, ahogado y otros tantos platos típicos de la cocina peruana.

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Las curvas te dan ganas de sentarte un rato a disfrutar de los sentidos.
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A Chicama le dicen “corderoy” porque es una fábrica de olas parejas.
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La playa del centro, que no parece playa de centro.
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“La ola perfecta más larga del mundo”, ostenta el barco que ahora cumple la función de cartel.

En la playa principal la extensión de arena lograría albergar más turistas de lo que la infraestructura hotelera se podría permitir. El largo muelle con vías de ferrocarril marca un límite claro: comienza la zona pesquera y más allá, a lo lejos, se ven las fábricas de productos con base de pescado. Las vías se solían utilizar para transportar hasta los barcos el guano y el azúcar proveniente de las cañas. Según me contaron, en los sesenta, la compañía americana Grace quebró luego de ser cedida por los militares a sus empleados lo que llevó a al cierre de la industria azucarera de la zona, el descuido del muelle y al posterior derrumbe de una de sus partes. Hoy en día lo utilizan sólo barcos chicos y pescadores con caña, quedando casi pintorescas las vías en el aire, sin tablones, con la cantidad de pájaros que se posan sobre ellas.

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El tren que solía llevar la mercadería al muelle.
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Dos perros tirados al sol, un carro, una señora vendiendo frutas y el viejo y destartalado muelle.
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“Prohibido pasar” dice el cartel colgado de las rejas.
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El pueblo, las olas y las dunas de arena.

Hacia el lado izquierdo, ni bien uno entra al pueblo, las calles comienzan a elevarse desembocando en la zona de los mejores hoteles, aquellos que tienen vista al mar desde las alturas. Alojada en Los Delfines de Chicama me dormía con el ronronear del mar y el sonido del viento sobre las palmeras y durante el día trabajaba con el gigante celeste a un parpadear de mi computadora. Bastaba caminar seis metros para alcanzar la escalinata que llega hasta la playa de las olas. La espuma de mar se cubría de tablas durante el día y de pescadores al atardecer. ¡Y que atardeceres!

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Cuando el sol baja los surfistas retornan a sus alojamientos.
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Mientras que aparecen los pescadores y las redes.
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Bajando la duna antes de que la noche salga del mar.
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El perro esperando fiel a que su compañero termine.

Un poco más allá de las dunas, más olas y más surfistas. Es que Chicama exhibe orgullosa el título de “la ola perfecta más larga del mundo” que tantos surfistas y revistas especializadas le otorgaron. Recuerdo que, tiempo atrás, en las playas de Nias y Bali en Indonesia, mis amigos hablaban de venir a surfear a Perú. Aquí entendí por qué, al verlos acariciar el agua con sus tablas tan suave y elegantemente como si de una amante se tratara. Acariciar sus cincuenta metros y terminar allá a lo lejos con lágrimas en la cara, lágrimas de alegría que podía entender. Cuando uno ve algo tan perfecto necesita expresar el sentimiento que le produce y, frente a la tosquedad del lenguaje, no queda más que llorar, que expresarse con todo lo que uno pueda.

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Niños del lugar en busca de olas.
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“El Salvaje”, un personaje de la montaña peruana que llegó a Chicama, aprendió a surfear y no quiso irse más.
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Las olas que se encuentran en el centro son pequeñas y no tan largas pero los locales suelen ir allí de todas formas.

Chicama surgió como destino en mi itinerario porque sí, porque lo quiso el destino. Estaba cansada y necesitaba unas vacaciones de moverme, vacaciones de armar y desarmar mi mundo contenido en dos bolsos, para sentarme a escribir los artículos atrasados. Fueron solo cinco días, pero cinco bastaron para ser feliz.

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Y las municipalidades por aquí son así, ponen miles de soles para una plaza con lujos innecesarios pero no mejoran ni los cables ni las fachadas de las casas.
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Volviendo de El Point.
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Esta misma imagen, cuando es semana de olas perfectas cambia radicalmente: el mar se tiñe de lineas blancas que avanzan sobre la espuma.

CÓMO LLEGAR

En realidad el lugar se llama Puerto Malabrigo pero es conocido como Chicama. Se encuentra aproximadamente a 80 kilómetros de Trujillo. Cuando se llega al poblado de Paijan se debe girar a la izquierda unas cuadras después de la terminal de ómnibus. Cualquier lugareño te sabe indicar el camino desde allí. Si se quiere ir en avión, se debe comprar el ticket aéreo hasta Trujillo y desde allí tomar un bus hasta la playa de Chicama o un remis, dada su proximidad.

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Puerto Malabrigo, como el mototaxi al lado del niño indica.
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La gente es amable y te saluda. A veces incluso posa cuando ven que querés tomar una foto.

DÓNDE HOSPEDARSE Y COMER

Hay para elegir pero rápido porque cuando hay buenas olas se llenan. Las opciones abarcan desde los más baratos por 25 soles la cama en habitación compartida (hostal Los Burritos) hasta alojamientos más lujosos como Los Delfines de Chicama. Allí las habitaciones matrimoniales o dobles con balcón con vista al mar cuestan 180/200 soles por noche dependiendo si se encuentran en el primer o segundo piso. La suite de lujo asciende a 400 y las triples suponen un gasto de 275 (precios para Septiembre de 2015). El hotel posee piscina con bar, restaurante con vista al atardecer, lanchas y equipos de surf.

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La habitación doble de Los Delfines de Chicama.

Casi todos los alojamientos poseen restaurante. En Los Burritos se pueden comer burritos (valga la redundancia) armados por su dueño californiano. Si se quiere una elección más económica, a dos cuadras de los mejores hoteles comienzan los letreros con el “Menú” del día. Por siete soles se come una entrada (por lo general sopa, ensalada o papa a la huancaína), un segundo plato (ahogado o lomo salteado entre otras cosas), una porción de arroz y una bebida que suele ser limonada o chicha morada (se prepara con maíz morado, clavo de olor, canela y limón).

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Desde este tipo de restaurantes a casas de familia o puestos en la calle, encontrás de todo.
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El “segundo” con corderito, porotos y arroz.
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La papa rellena la venden sobre la calle principal a un metro de la plaza y cuesta un sol.

SURF Y OTRAS COSAS PARA HACER

Chicama es un lugar apacible orientado al surf. Las olas suelen ser muy largas por lo que te tiran lejos del point. Muchos suelen pagar el servicio de lancha que ofrecen los hoteles para que los busquen cada vez que lo necesiten y los devuelvan al punto adecuado. En época de olas grandes los botes de goma van y vienen con cantidad de surfistas y sus tablas.

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Y eso que era una semana “mala” para surfear.

Para aquellos que no surfean, además de las playas también existe la posibilidad de contratar un barco para 12 personas por 800 soles para ir a ver los lobos marinos a la isla Macabí. El mar debe estar chato y sin viento, de otra forma la excursión no puede ser realizada ya que la isla se encuentra a 40 minutos a mar abierto.

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También uno se puede entretener con un masaje, un mimo para el cuerpo.

A 70 kilómetros del pueblo se encuentra Huanchaco, la ciudad de los barcos de totora. Además también está la ciudad colonial de Trujillo, las Huacas del Sol y la Luna y el mítico Chan Chan, la ciudadela de barro. Recorrer los alrededores lleva al menos dos días completos.

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Vista desde las dunas.
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Te está esperando.
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15 comments

  1. Belleza de relato y lugar! Grande Cata! Ya estoy sobre mi Motorhome así que noscruzsrems algún día. Te dejo mi mail y celu de Uruguay. Buen camino!

  2. Pobreza hay cuando descartan a las personas.
    Lo que se ve en tus fotos son pueblos en su propio ambiente y esa es la riqueza del paisaje.
    Yo veo abundancia en esas aguas vivas y gente sencilla que vive apaciblemente, y me encanta!
    Cuando describís tus pasos… me siento distendida y recreada! Podría decirte que la dinámica de tus palabras me ponen en movimiento la mente y me entusiasma.
    Es lindo estar acá con vos y lejos junto a tus conquistas!
    No pares!
    El único medio que necesitas para tu viaje interior, sos vos misma. Y lo que te hará avanzar sobre tus pies es tu humanidad.

    • Hola Rosana! Me agarraste en un día pensativa y medio enferma (comí algo que me cayó mal, cada tanto pasa). Un día de esos introvertidos, y tus palabras me dejaron aún más pensativa. Pensé lo mismo de Chicama. Amé sus calles sin pintar y su gente que vive en torno y del mar. En cuanto a la humanidad, a veces no sé bien que significa. A veces me siento segura sobre ello y a veces no. Dejé de prestar atención un poco a los rótulos porque me distraen mucho e intento ver si son malos o buenos cuando en realidad las cosas solamente son. Es verdad que lo único que uno necesita es de sí mismo; cuesta recordarlo y recordarse, tomar conciencia. Pero cuanto bien hace compartir y cuanto bien me hacen ustedes que me dicen lo que piensan. Mis contestaciones últimamente son un poco desprolijas. 🙂 Una sola cosa por decir: mil gracias.

  3. Hermoso Catalina, realmente es un placer deleitarse con la lectura de tus tips, enriquecidos de múltiples coloridas y didácticas fotos que ilustran magníficamente tu relato.-GRACIAS por compartir es linda experiencia…

  4. Guadalupe cariño! No quiero alterar tu reposo. Quiero que pienses que estas acompañada. Si es por mi contá con eso!
    Tus respuestas son maravillosas. Y tu naturaleza es ejemplar! No lo dudes.
    Te quiero mucho…FUERZA!

  5. em materia de assaltos? lugar tranquilo?

  6. :O que sorpresa de post, pasaba por tu blog ya que hace algún tiempo no lo visitaba y veo que estuviste por mi país, he sentido nostalgia al leer tu post ya que viví muchos años en Trujillo, ahora estoy en el extranjero. Me da una ganas de regresarme a las costa, aunque sea por un instante para sentir esa brisa de mar.

  7. Gracias por compartir tu experiencia! El año que viene voy a ir a conocer este lugar. Saludos desde Argentina!

  8. que lindo! me trae muchos recuerdos 😀 hace unos años pase por alli, en ese momento tambien escribia un blog, cosa que con el tiempo deje de hacer, pero no deje de viajar. Me gusto huanchaco y volveria, no conoci chicama pero si me hablaron de su ola perfecta y me habia quedado grabado en la mente y ahora leo tu post y todo volvio. Que lindo, espero poder volver algun dia. Saludos muchacha, cuando llegues a Mexico si quieres escribeme, yo anduve muho tiempo por Oaxaca y alrededores, muy recomendable. Saludossss Viajera 😀

    • Hola Aleli! Ante todo que nombre más lindo! Me lleva a campos de flores. Me alegra que el post te haya hecho recordar esa etapa y viajar de nuevo por esos pagos. Chicama es pequeño y medio destartalado pero a mí me enamoró su energía y su paz. México casi casi, ya llega. Un abrazo enorme y buenas rutas por donde quiera que andes!!!

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