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Guyanas y pensamientos en viaje

Escribo desde la carpa iluminada por fuera por la luz artificial del edificio del diminuto puerto. Mañana tomo el ferry de Surinam a Guyanas en mi camino a Venezuela para dar por finalizada esta etapa del viaje: todos los países continentales de Sudamérica.

Me detengo. La humedad hace que se me formen cascaritas en la nariz. Me las saco y abro la carpa para tirarlas fuera. Imagino a mi mamá pensando que doy información excesiva pero a mí me resulta necesaria en mi afán por recalcar que soy una persona como cualquier otra y a veces también poco rigurosa con los modales que me fueron inculcados de niña: muy de vez en cuando me saco los mocos si estoy sola. Me rasco el pie y me siento pringosa y sucia. Un día de viaje sin bañarme con esta humedad y este calor me resulta un poco insoportable. Después de todo los modales y los hábitos siguen allí. Me reconfortan, como todo lo que nos recuerda nuestra niñez. Dicho esto, me puse a pensar sobre las costumbres de los países en los que viví las últimas tres semanas. Creo que todo se vuelve subjetivo y todo nos lleva a lo que aprendimos en nuestros primeros años de vida. Aquí la gente no puede vivir un día sin arroz y yo no puedo vivir más de una semana sin frutas y verduras. Los gustos cambian, las formas y las maneras. Todo lo que pasa por nuestra cabeza depende, en cierta forma, de lo que nos enseñaron, ya sea por aceptación o por rechazo.

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Camino a Georgetown hay 460 km de destapado.

Guyana es un país del que sigo sin saber mucho. Se independizaron de los ingleses hace aproximadamente 50 años. En su momento su gente tuvo la opción de quedarse o irse a Inglaterra y todos los grandes pensadores, según me dijeron, emigraron. Quedó un país sin ideas de cambio y, por ello, la administración hoy en día no a cambiado en nada con respecto a aquel entonces. Aún abundan los papeles, los largos pedidos diplomáticos y la falta de sistemas que tornen los trámites en una cuestión de segundos y que impidan las largas filas y las interminables horas esperando un insignificante papel escrito a mano por un funcionario público. La gente ríe ante todo y nadie pareciera darse cuenta de la ineficiencia, aquí el tiempo no es oro. Las casas de madera se expanden a lo largo de su única carretera al igual que las cabras dispersas en sus márgenes y los niños que juegan aquí y allá. Cabecitas negras, chinas, hindúes y algunas amerindias pero todos ya tan mezclados que no siempre se puede etiquetar con certeza. Los templos hindúes y las mezquitas aparecen salpicadas entre las casas que me recuerdan a las películas del viejo sur de Estados Unidos, el de las plantaciones. El inglés que hablan no lo entiende nadie que haya estudiado inglés británico o de USA pero ellos lo saben y cada vez que escuchan un acento extranjero abren su boca y comienzan a gesticular marcadamente como si fuera un segundo idioma, un tercero en realidad porque además hablan un dialecto propio. Entre las edificaciones viejas aparece el centro de Georgetown con sus edificios bajos, ostentosos restaurantes chinos, discotecas y heladerías. Todo pareciera ser el escenario de una película un poco extraña de los tiempos del arte pop. Hasta el gusto del helado, para mi pesar, me dio a entender que Guyana es una extraña mezcla del pasado queriendo crecer hacia lo mejor del pasado. Como si intentaran imitar una gran ciudad de los 50 pero haciendo una versión tan propia que termina siendo única.

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Árboles caídos, barro… diversión.
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Bastante más adelante, cúmulos de arena.

Al parecer no se puede ir a cualquier lado solo. Hay una parte de la ciudad a la que llaman “Gueto” que me ha encantado pero no sé si es segura de noche. Georgetown en sí es amistosa de día pero no me atrae cuando baja el sol, me genera desconfianza a pesar de las caras sonrientes y la gente que me saluda en cada esquina preguntándome de dónde vengo y hacia dónde voy.

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Esta es la parte linda de Georgetown, pero increíblemente aburrida.
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Aún conservan casas antiguas e incluso muchas de las nuevas son de madera.
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Misma calle, distinto ángulo.
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El resto se ve más así: con mercados, repleto de gente y vendedores ambulantes.

Como un relámpago huí de la larga espera para pedir permiso de permanencia para mi moto y me fui a Surinam. Este pedazo de tierra era de los ingleses pero lo cambiaron por Nueva York a los holandeses y como consecuencia se habla holandés. Lo querían como punto estratégico y por lo bien que se daban las plantaciones aquí. Luego descubrieron el oro, los diamantes y el resto de la minería.

Surinam está independizado también pero, a diferencia de sus vecinos, aquí las cosas parecieran ir un poco mejor a pesar de la corrupción del gobierno. Hasta el oficial deja de lado el aire solemne de cada trámite en el país vecino mientras bate mi pasaporte con una sonrisa y me aclara: “ es solo un papel”. Se terminaron las filas y los trámites migratorios llevan minutos. Intenten no volverse monotemáticos con ello luego de pasar 3:30 horas intentando entrar a Guyana.

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Hay casas antiguas de madera restaurada y de cemento intercaladas.

En Surinam todos hablan al menos dos idiomas. Pareciera que a donde voy el inglés y el portugués son de uso corriente y además algunos hablan español o javanés. Las migraciones de esclavos primero fueron africanas y luego vinieron, con contratos abusivos, los chinos, los indios y los javaneses de Indonesia. Los brasileros llegaron tiempo después atraídos por la minería y por las oportunidades económicas. Paramaribo, la capital, tiene una zona a la que llaman “la pequeña Belén” y donde el idioma imperante es el portugués de Brasil. Entre todas estas rarezas hay que añadir que se baila mucho salsa y bachata, y bastante bien por lo que vi.

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Como en China, los mercados informales se encuentran en los callejones.
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Ya que estaba… 🙂

Algo que comparte con su país vecino, Guyana, es el gusto por los pájaros. Si te levantás temprano verás a la gente caminar de un lado al otro con jaulas. En la Plaza de la Independencia en Paramaribo se reúnen cada domingo a las seis de la mañana para realizar una competencia de pájaros. Aquí la belleza física no importa, lo que juzgan es su habilidad para cantar. El ganador es disputado por muchos para llevarlo a la casa. Un amigo de un amigo hasta ofreció su auto por uno de estos pajaritos que cuestan entre 200 y 5’000 dólares.

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Si pasan verán por la mañana a muchos hombres cargando jaulas en cada zona del país.

Me ausenté un rato. Escuché un ruido extraño y asomé la cabeza bruscamente para intimidar a quien ande fuera. Era uno de los sapos, del tamaño del puño de mi mano, que merodean la carpa. De vuelta a escribir.

Atravesando la carretera costera, la única y principal del país, los pueblos se suceden con sus casitas mayormente de madera y los vestigios del pasado holandés en las formas de sus techos y sus viejas iglesias. Las casas ostentan orgullosas, durante todo el año, sus jardines y sus flores. Sobre la carretera suelen haber puestos de madera donde venden frutas dispuestas ordenadamente en cuencos y bebidas. Nada está excesivamente limpio pero todo parece ordenado y pulcro en comparación a los países vecinos. Paramaribo también tiene un deje de los 50 intercalado con incontables carteles con caracteres chinos que señalan restaurantes o supermercados con enlatados importados del país de los pandas. Pero ya casi nadie recuerda cómo se leen, demasiadas generaciones en Surinam.

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Comida china para compartir.
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Hay de todo. Mercados y también supermercados con carros para bebés y gente que te lleva las compras al auto/carro.

El centro parece sacado de una película y te da la sensación que en cualquier momento se va a caer el frente de los edificios, como si fueran una maqueta o un vestido ocasional. Entre tiendas de cemento se erige una mayoría alumbrante de casas de madera con arquitectura holandesa. Fantasmas presentes y revividos por los sucesivos gobiernos que cuidaron del patrimonio cultural. Algunos lucen nuevos, otros a punto de derrumbarse. Entre sus columnas caminan niños con afro, narices respingadas bajo ojos orientales, pieles oscuras con un punto rojo en el seño, parejas hablando en portugués y sonrisas javanesas. Cada tanto pasa un grupo de estudiantes holandeses que vienen a estudiar aquí porque es más barato. Se les reconoce primero porque son los únicos que se desplazan en bicicleta, luego por su cabellera rubia.

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No hay mucho más para hacer que pasear por la arquitectura del centro y divertirse con la mezcla de culturas de Surinam.

Algunos carteles están en portugués o en inglés pero la gran mayoría en holandés con sus impronunciables, al menos para mí, seguidillas de consonantes. Lo primero que aprendí a decir fue Drempel a fuerza de voladas por el aire que me hicieron entender que el cartel amarillo con esas siglas significaba que posteriormente viene una loma de burro. Lo segundo fue Opa que significa abuelo y lo tercero: Apotek, que en realidad y sin darme cuenta fue lo primero, porque en indonesio significa también “farmacia” ya que seguramente les quedó en su idioma desde las invasiones que sufrieron. Me recordó al viaje por Asia, un recuerdo de hace apenas dos años pero que siento lejano como si hubiera sido otra vida, otra yo. Un poco lo fue.

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No todo es limpio e inmaculado.

Escuché voces y salí de nuevo con cara de mala por las dudas, esas tonterías que me hacen sentir más segura. Había un auto y cuatro hombres yendo y viniendo de un lado al otro del portón. Me puse a leer afuera para tenerlos bajo la mira. El señor del auto se bajó con una gaseosa y un pan dulce grande y alargado. Se acercó y me los dio. Con asombro, le dije que gracias mientras negaba con la cabeza. Me daba vergüenza aceptarlo incluso cuando no tenía más que galletas porque allí no había donde comprar comida. Con fervor, me aseguró que él ya había cenado y que no lo necesitaba. Era el mecánico del barco y ya iba a su casa. Me insistió, como cada uno de los otros hombres, que tenga cuidado estando sola. Agradecí y me comí la mitad pensando que en la mañana seguro iba a tener hambre. De nuevo a la carpa y a la computadora.

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Los carros respetan a los peatones…

En general me da la sensación que aquí se vive mejor que en Guyana. La calidad de vida pareciera ser más alto si juzgo por las casas, la cantidad de autos y lo que gastan. Es una sociedad de consumo que no reniega de serlo. San Valentín se convierte en un ir y venir de gente a las tiendas porque no les basta con hacerles regalos a sus parejas sino que se compran cosas entre familiares y entre amigos. La ciudad entera se cubre de corazones. Las tortas, las pizzas y todo lo que se cocine lleva forma de corazón. Los restaurantes vestidos de rojo se llenan e incluso dos helicópteros vienen a la ciudad para vender tours por las alturas a las parejas, ya sean de enamorados, amigos o padres e hijos. La idea es festejar, gastar y agasajar, y cualquier excusa viene bien.

Su gente me ha caído increíble, creo que son los que más cómoda me hicieron sentir en los tres países. Siempre intentando integrarme sean de la comunidad que sean. Siempre cordiales, alegres, receptivos y hospitalarios.

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Cuando volví a Surinam desde Guayana Francesa ninguna bomba tenía gasolina y, luego de parar en 6, tuve que esperar a un amigo que me traía su reserva. Al día siguiente bajaba el precio entonces las gasolineras no quisieron comprar caro para vender barato. Después de todo sí es Sudamérica. 😛

Respecto a Guyana Francesa no puedo decir mucho. Recorrí solo 300 kilómetros dentro de este país en dos días porque el seguro y la vida allí es carísima. Incluso más cara que en París ya que todo es importado y cultivan muy poco. Es el único de los tres países que aún es una colonia. Se habla francés pero algunas personas saben un poco de español porque lo aprenden en el colegio.

Me contaron que posee una base de cohetes (Puerto espacial de Kourou) de una compañía privada rusa que fue aprobada con la condición de que el dinero quedara dentro del país. Así es como su gente recibe buenas pensiones de desempleo y por hijo además de sueldos mínimos altísimos. No sé si todo esto es cierto pero no se contradice con lo poco que vi trabajar a algunas personas en el campo y el gasto excesivo que tuvieron en solo dos días. Este país también tiene minería pero intentan evitar la inmigración por lo cual los brasileros necesitan visa y los surinameses deben afrontar altos costes de seguro para entrar con sus carros. Motos de Surinam prohibidas.

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Vacas, cabritos, gallinas, niños, despistados… hay que tener cuidado en los tres países.

Entré con incertidumbre porque no sabía nada de Guyana Francesa. La carretera es muy desolada y no tiene recovecos para poder esconder la carpa dado que la rodea una selva espesa. Resolví acampar en frente de una casa de familia en un pueblito pequeño llamado Awala, cerca de la playa. Como estaba lloviendo pasé primero por el supermercado pero había que gastar al menos 10 Euros para poder utilizar la tarjeta de crédito. Con el único Euro que tenía compré una tableta de chocolate y me fui al rincón que seleccioné para comenzar a armar la carpa. Una vez armada y dentro, comí un poco de chocolate y me tiré a descansar. Al fin sola. Cada día disfruto más la soledad que de pequeña me fue inculcada como un ritual de juego, al no tener hermanos. Recordé al lobo solitario que me sigue sacando sonrisas y reí sola. Le comprendo con todo mi ser pero también hay una parte de mí que se regocija con la compañía. No cualquiera, la suya. Pronto cambiaré de parecer. Mientras disfruto de su recuerdo y de la felicidad que siente al andar rodando a su vera por aquellos páramos lejanos de sonrisas luminosas. A nuestra vera y a la del mundo, que así siempre estuvimos y estaremos.

Mis amigas me llamarían “rata”, pero luego me preguntarían cómo hago para viajar tanto. No hay secreto. Trabajo y gasto lo mínimo indispensable cuando estoy sola. Gasolina no puede faltar y cuando pagaste un seguro carísimo y necesitás recuperar el dinero, un almuerzo de 3 Euros es un lujo. Tenía una bolsa enorme de pasas de uva. Sobreviviría dos días con ello. Nada grave.

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Super contenta por la carpa sin saber que una hora después la estaría desarmando.

“Plaf plaf plaf”, aplausos, risas y voces en francés dispersando mi atención fuera de mi palacio de tela. “¿Qué querrán?”, pensé. Me senté atenta pero, como oía solo voces de hombres borrachos, no respondí. “Plaf Plaf Plaf”, ahora voces de mujeres llamándome. Ante la insistencia y la cantidad de gente y voces femeninas, asomé la cabeza. Dos parejas de 40 y tantos años. Uno solo hablaba un poco de inglés, muy poco y muy rudimentario. Se adelantó, se señaló a si mismo y dijo “Amerindian”, luego remarcó la palabra “Guide” (guía) y me hizo entender con señas que estaba invitada a comer con ellos en una casa a 100 metros de “la mía”. Tenía ganas de estar sola pero también tenía sed de anécdotas. Hacía tiempo que no pasaba nada interesante ni fuera de lo común. Convengamos que una semana para mí es mucho porque en viaje el tiempo no se mide igual, aunque aún no sé la regla. Me puse el pantalón y fui con ellos.

Me recibió una horda de niños correteando, una casa de cemento, un techo de hojas de palmera con vigas de madera con hamacas colgadas y otro con una mesa larga en el medio. Nos sentamos. Me llamó la atención un fruto cortado por la mitad que por fuera se asemejaba al rambután indonesio pero por dentro tenía diminutas esferas rojas. Agarraron un palito, aplastaron algunas esferas y comenzaron a pintar mi cara a modo de explicación cuando pregunté para qué se usaba. El guía, que no hacía más que demostrarme su felicidad y repetirme que era guía, me regaló un collar con una tortuga tallada en coco y un cuenco tallado. Intenté negarme pero me puso cara de llanto y acepté. Creo que cuando uno se tiene que comunicar en un idioma que no entiende demasiado se vuelve niño. O quizás es la impresión que me da porque haces un poco de mimo exagerando el sentir del momento o la necesidad.

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Corretearon a mi alrededor admirados de cómo desarmaba la carpa y montaba los bolsos en la moto.

Después de explicarme muchas cosas sobre su cultura guardé la carpa y me mudé con ellos. Fuimos juntos a comparar cervezas, luego a la playa y de nuevo a comprar cervezas y a quedarnos merodeando junto al supermercado. Me insistieron para que elija una botella, la que quisiera, de las góndolas. Ellos pagaban. Durante una hora pensaron que no entendía lo que me preguntaban y me llevaron de la mano señalando los envases con distintos porcentajes de alcohol. Finalmente desistieron. Salimos y me puse a conversar con un chico de 18 años que también bebía. Le dije que eso era veneno y pidió a uno de sus compañeros un cigarrillo mientras asentía. Me contó que necesitaba salir de allí pero que no sabía cómo. “Saliendo”, le dije. “Agarras una bicicleta o a pie, el mundo te cuidará si tienes fe y trabajas en pos de lo que quieres”. Me miró con cara de interrogación y le conté de mis amigas en bicicleta, de viajeros que hicieron dedo en puertos para cruzar el océano a vela y de aquellos que caminan el mundo, de aquellos que trabajan de lo que les gusta y no se dejan amansar por una sociedad que busca imponer. Me sentí eufórica y recordé que siempre fui un poco así, libre. Sentí cuan locas debían parecerle mis ideas a él que no veía más que hacer, un día de semana, que seguir a la multitud a desdibujar su realidad por un rato bajo un techo de cemento.

El alcohol es una droga que aceptamos socialmente. Si digo que mis amigos fuman marihuana o toman ayahuasca o éxtasis de vez en cuando, muchos sacudirán su cabeza en señal de desaprobación. ¿Y el alcohol? Esa bebida que te instan a tomar desde tu adolescencia te quita la realidad, te aleja del mundo y de ti. Te la ponen en la mano tu familia y tus amigos, pero si te volvés un borracho te dejarán de lado. El alcohol mata más gente que muchas de las demás drogas si contamos los accidentes de tránsito y los asesinatos pasionales. Ni hablar de las que destruye. En lo personal me di cuenta que no tengo personalidad adictiva pero tampoco me gustan las sustancias que me sacan de la realidad, no las necesito. Por ello me cuesta entender a veces a los demás, aunque hago el esfuerzo. Recuerdo que a una chica de mi secundario le diagnosticaron diabetes y a partir de allí dejó de ir a bailar porque si no bebía se aburría. ¿Por qué es distinto ir a un bar con amigos y tomar un té que una cerveza o un trago? Para mí es igual, no voy por la bebida sino por mis amigos. Creo que no tenemos conciencia ni de lo que nos hacemos ni de lo que les hacemos a los demás. Por eso me puso muy triste ver a tanta gente borracha tomando desde las 10 de la mañana hasta la noche un día de semana. Si fuera fin de semana también me daría pena. Como sociedad es culpa de todos. Creo que una de las señoras se dio cuenta porque me agarró de la mano y comenzamos a caminar, en zigzag, hacia la casa. Me hizo señas de que ya estaban muy tomados y que no le gustaba. Touché.

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Sonriendo a la orilla del mar.

Disfruté mucho con ellos, más por la alegría que les vi en la cara por tener una invitada extraña que por el día en sí. Me colgaron una hamaca, le pusieron una lona que me dejaba completamente tapada de los mosquitos y me dieron una manta. Al otro día, sin despertarles, partí un poco antes del amanecer rumbo a Surinam. Luego a la ruta de nuevo y aquí estoy esperando el barco para cruzar Guyana.

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De vuelta a Guayana y luego a Brasil para pasar a Venezuela.
Si quieres saber cómo entrar a los tres países, las rutas, documentos necesarios, dónde dormir y comer, presiona aquí.

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6 comments

  1. Antonio Ruiz

    que decirte Guada sino darte las gracias por ser como eres y hacer lo que haces. Espero que estos vientos interneticos te traigan todo el amor que los patagonicos se llevaron.
    Toni

  2. Los 3 países que muchos dejan de lado en Sudamérica. Increíble que los hayas visitado y súper buena tu experiencia Guada (dejando de lado el accidente). Tu post nos ayudará de referencia para cuando vayamos! Ojalá sea este año. Saludos =)

  3. Sin palabras. si fuera el dueño de Marvel te incluiría en la categoría Super Héroe y haría una película los de LATAM se quedaron cortos con ése comercial ja ja ja ja
    besote, gracias, espero algún día cruzar ésos países tan cercanos y lejanos a la vez, NO SON ISLAS, debería ir alguna vez. Besote de todos los CheToba

    • 🙂 Alguna vez te dije lo feliz que me hace recibir tus mensajes? Los de Sofi por Twitter también. Gracias. No son islas pero sin embargo están aislados en cierta forma. Creo que está bueno ver esas culturas tan distintas en algunos detalles que se encuentran junto a nosotros pasando inadvertidos. Un abrazo enorme Capitán. Un beso gigante para toda la familia. PD: le hablé de ustedes al del seguro de salud, voy a insistir.

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