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Fiebre de Oro – Alaska

Llegué cansada. El trayecto de Fairbanks a Talkeetna me llevó entre montañas nevadas y mantas de pinos. Las nubes parecían intentar imitar las estrellas de Van Gogh, arremolinadas y nítidas. La lluvia era intermitente pero en esos tramos me empapaba al punto de quedar temblando. Luego el sol y el viento volvían a sacudir la cara de descontento y las gotas de la ropa. Paré tres veces a mirar paisajes y tres veces más a dormir. La noche anterior con S había sido intensa y me desperté varias veces a taparle, al parecer las colchas preferían mi piel.

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Montañas y pinos y nubes y frío y calor y viento…

Llegué cansada y me encontré con un hombre de pelo ruludo largo y canoso, barba rancia, ojos de cielo y cara de bueno. Caminaba bambaleándose de un lado a otro mientras acariciaba a su Golden retriever que se auto hirió intentando cazar un ave. Jean, remera (camisa) gastada, zapatos de fábrica. Sonrió y me dejó acariciar los conejos enjaulados mientras me aclaraba que esos no eran para comer pero las crías sí. Una princesa blanca de angola maulló pidiendo que la acaricie mientras otro perro celoso venía corriendo en busca de mimos. No me imagino a alguien con tantos animales bien cuidados siendo malo con una viajera. Me relajé.

Llevé mis bolsos a la habitación designada que era una cabaña-sauna a un lado de su propiedad. Miré la ventana con disgusto, demasiada luz para dormir. Aquí los días tienen 24 horas de sol y mi cuerpo pareciera no querer asimilarlo, o duermo demasiado o muy poco.

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Paisajes repletos de flores que pronto se tornarán blancos como la leche.

Estiré el colchón inflable y la bolsa de dormir sobre las tablas de madera mientras me aseguraba que no haya forma de cerrar la cabina por fuera (tics de argentina desconfiada) y me fui a sentar al porche. La casa era de madera, como todas las casas de Alaska. Tenía una tarima elevada rodeándola casi por completo con cientos de artículos diversos colocados desprolijamente aquí y allí. Le daba un aspecto sucio. Conté un sillón cubierto de pelos, tres sillas, dos parrillas, botellas vacías, escobas sin uso, maderas y más maderas…

Había un señor, un amigo de Neil, gordo y bonachón, que me miró con sorpresa. Aparentemente esperaba una mujer de dos metros y brazos fuertes para “semejante hazaña”, según él. Encontrarse con una miniatura de porcelana con dientes blancos y piernas de tero lo descolocó un poco. Me preguntó si alguna vez había conducido un cuatriciclo 4×4. Dos minutos después estaba subida al suyo conduciendo sola por un camino off road, a su pedido. Me resultaba difícil frenar sin que se fuera el volante de lado un poco, hacía falta mucha fuerza. 600 metros con una nube de polvo detrás fue lo que consideré suficiente para que quedara contento. Volví con una sonrisa de oreja a oreja por la aventura de niña y le agradecí mientras dejaba caer mi cuerpo sobre el sofá.

Dos amigos más vinieron. Sacaron una pipa de marihuana, todos se unieron a la ronda, excepto yo que soy demasiado auto-controladora para esas cosas. Después de volar un rato desaparecieron sacudiendo manos pero cinco segundos después me encontré con otras manos, de otros amigos de Neil. Pensé: “la casa del pueblo”. Al parecer todos venían a fumar aquí y a charlar un rato. Todos los que no están en contra de la marihuana, porque hay gente muy conservadora en Alaska.

La gente aquí se pasa la mitad del año con una temperatura agradable y 24 horas de sol y la otra mitad con 40 grados Celsius bajo cero y sumidos en una obscuridad absoluta. La población es muy baja comparado con los kilómetros cuadrados de bosques que los rodean. Sólo pueden cultivar y salir a cazar durante el verano, época de llenar la casa de comida para el invierno. A partir de esto se entiende que sus conversaciones giren en torno a la naturaleza.

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Los bosques parecieran resplandecer con más fuerza, porque saben que solo tienen unos pocos meses para lucirse.

La pareja se sentó en frente mío. Él tenía aspecto de cazador de cocodrilos australiano. Flaco, pequeño pero con músculos nítidos. La barba y el pelo que asomaba por debajo de su gorra eran blancos como pompas de algodón. Sus manos fornidas y curtidas por el sol susurraban tardes de exploración y trabajo en la tierra mientras que su ropa verde lo situaba agazapado entre la maleza. Trabajaba en múltiples faenas, como todos aquí, pero se especializaba en tours de pesca. Un helicóptero los dejaba en el medio del bosque donde les esperaban botes para comenzar a recorrer el río en busca de sonrisas para sus clientes. “Pescar aquí es distinto que en cualquier otro lado. Un pez de zonas de calor es vago y blando. Aquí los peces tienen que moverse rápido entre las corrientes heladas. Cuando pensás que agarraste uno grande te encontrás con un pez apenas mayor que tu mano”, me relataba.

Ella, con su metro de pelo rubio y su cara arrugada, sonreía. No sabía bien cómo poner las piernas denotando la incomodidad del vestido que solo sale del armario uno o dos meses al año. Su cara era la de una mujer de al menos cincuenta años pero sus palabras brotaban como las de una niña animada por la historia que tiene para contar. El marido no paraba de hablar así que me miró esperanzada esperando robar mi oído por unos minutos. Comenzó a hablar de una tarde de kayak en la que se encontró con una cría de Moose (alce) herida. Su mamá estaba del otro lado lo que le provocó un ataque de pánico: siempre hay que evitar encontrarse entre una madre y su cría (regla número uno en Alaska). Sigilosamente caminó entre los árboles para alejarse. Sus ojos giraban de un lado al otro, no sea que se fuera a topar con el oso o el lobo que hirió a la cría. Apenas encontró el auto, se metió con su equipo mojado sin pensarlo demasiado y suspiró aliviada.

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He aquí la representación de un “moose”, a veces más grande que un caballo.

La segunda historia la situaba en su porche a punto de dirigirse a su huerta. Un alce enorme pasó corriendo rumbo a la carretera. Su corazón se aceleró contenta. Unos segundos después un enorme oso Grizzly (los más temidos en estas tierras) surcó el terreno sobre sus frambuesas en busca de su presa. Su corazón se aceleró pero de miedo. Los recuerdos de situaciones peligrosas con animales se sucedían uno tras otro y las imágenes parecían nítidas entre nuestras piernas.

Pronto todos se unieron a la conversación. Al parecer todos tienen armas en Alaska. Siempre hay que salir con spray para osos pero también con un rifle o una pistola. Depende de la situación cuál usarás. El spray a veces espanta al oso pero otras lo vuelve agresivo. Ahí mejor disparar. En caso de no tener ninguna, me aconsejaron tirarme al suelo plana y con la cara contra la tierra. “Intentá comer toda la tierra que puedas pero jamás levantes la mirada. Si te pega fuerte te acomodas de nuevo en la misma posición hasta que se aburra y se vaya”, me dijo el amigo de Neil. Los osos nadan más rápido, corren más rápido, pegan más fuerte y aparentemente algunos, los negros, también trepan árboles.

Los osos y los lobos son grandes enemigos de la gente aquí. Se comen los alces y los siervos que son su fuente de carne. A veces se sale de cacería para conseguir la cena, a veces para matar a estos depredadores que se reproducen rápido y hacen estragos con “la cena”.

Además de los animales salvajes la conversación favorita, pero solo en la casa de Neil, gira en torno al otro. La pareja no dejó ver su intención hasta después de una hora, un par de porros y algunas latas de cerveza. En una de sus travesías de pesca, uno de sus clientes necesitaba hacer pis así que lo acompañó a la orilla del río. Junto al bote vio unas piedras brillar y pensó desconfiado que era mica, como pasó las otras veces. Puso una pepita sobre su mano y la cubrió con la otra pero frente a la sombra la pepita conservaba su color dorado. Sorprendido, hundió su uña y le dejó un surco. Si fuera mica se hubiera despedazado. En este punto de la historia el cazador de cocodrilos (imaginarios en Alaska) se convirtió en un maníaco saltando de su silla y sonriendo como si hubiera encontrado el paraíso. “Es oro Neil, te lo aseguro. Esta vez lo encontramos”, dijo. ¿Esta vez? Al parecer todos ellos estuvieron buscando oro durante años. A Neil no le convencía que esté en la superficie de la tierra y disperso, el otro es pesado y se hunde. De todas formas ambos accedieron a que la pareja se lleve su herramienta para limpiar oro. Les dieron cientos de consejos de testeo. “El oro no reacciona frente al ácido, si hace burbujas entonces no es oro”, dijo Neil.

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Al parecer los tours también venden oro… su fiebre aún sigue viva.

Pasaron dos horas y el tema me aburrió. No era que yo me fuera a hacer rica. Alguien preguntó la hora mientras el sol brillaba pareciendo mediodía, eran las nueve de la noche.

Quedó solo Nail sentado en el porche. Le pregunté si pensaba que era oro realmente y puso cara de “vaya a saber Dios”. Con tantos intentos uno pierde el entusiasmo, y ya pasaron años desde la primera vez que su cara se iluminó frente a una pepita dorada. La imagen quedó en mi mente mientras me metía en la bolsa de dormir con un poco de frío.

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23 comments

  1. Ricardo A. Puente

    Guada estas haciendo un viaje maravilloso. Es increible tu coraje y fortaleza para hacer semejante travesía.
    Me encantan tus relatos.

  2. Excelente guada, llegaste tal como me lo dijiste hace uño, buen post y buena información para próximos viajantes

  3. Miguel Ilarraz y Diez

    Hermoso relato de tu aventura por aquellas tierras, cuanto se abre la cabeza y cuantas fotos y recuerdos caben en ella!! te sigo deseando lo mejor y a cambio quiero seguir leyendote! y como diria mi tio español en los tiempos que no paraba de viajar ” hombre, no paras de destripar carreteras”!! Lo mejor y que sigan los exitos. Beso grande!!

  4. Lucas Aguilar

    pensar q te sigo, desde q pisaste la ruta 3 con todos los miedos del mundo, sufri con vos cuando sami rompio el amortiguador trasero en la 40, sufri mas con tu alergia a la ceniza volcanica de bariloche… y miras donde estas? 1 año y medio despues… segui viajando por favor. sos mi heroina, en este mundo ya casi sin heroes. por mas aventuras mas! por favor cuidate! un beso enorme y un abrazo mas grande guada. saludos, desde cipolletti, Rio Negro.

  5. Carles Núñez

    WOW! Maravillosa historia, haces que uno se sienta parte del elenco. Envidia de tus aventuras. Me quede con las ganas de conocerte en tu paso por Mexico, ya tendrás que volver. Saludos y bendiciones desde Lago de Guada en México

  6. Bonito relato, Guada. Me reflejó claramente Alaska… Una tierra que nunca me había interesado en imaginar. ¡Buenas rutas!

  7. Guada .!! tanto tiempo…. En Alaska.!!! que buenas historias inolvidables….. Cuando cambiaste neumaticos en Misiones te dije …con esos llegas a ee uu…. buenas rutas amiga viajera !!! y que siga la travesia……

  8. María Mendoza

    Espléndido relato, Guada!!! De más está decir que sigo cada paso tuyo porque sos mi heroína. Y ahora, después de Alaska cuál es el rumbo? Un fuerte abrazo y buenos vientos!

  9. Gustavo SB.

    Guada, hermoso tu relato y cada vez mejores. Ya llegaste a una de las puntas extremas del mundo jaja. Supongo que te pones contenta de saber que en algunos lugares sos 100% turista.
    Che te quería preguntar, releí tu post sobre impermeabilizar las botas, seguis con la misma técnica o ya descubriste algo nuevo?
    Te dejo un abrazo from mendoza.

    • La verdad que me di cuenta que no… 😛 Estoy en un crucero haciendo un esfuerzo por sonreír y lo logro juntándome con la tripulación porque las actividades me aburren, supongo que nunca nunca fui ese tipo de persona. Por suerte todos somos distintos en ciertas cosas. Ahora me pongo una bolsa (pie dentro de la bolsa y a la bota). Sirve para el frío también. No hay mucho que se pueda hacer si no son impermeables… Abrazos Gustavo!

  10. Que viaje un abrazo y me están dando ganas de viajar cuando andes bienvenida a concordia entre ríos con Laura y mis peques y mi xr 125 l blanca te esperamos cuando gustes

  11. Antonio Ruiz

    No se si esa gente encontro oro pero nosotros contigo tenemos un filon que se me antoja inagotable. Espero que algun dia pueda devolverte por estas tieras de España o de Francia una pequeña parte de lo que nos has dado con tu valor tu entusiasmo y tu sonrisa.
    Un fuerte abrazo Guada y
    Hasta Pronto Catalina
    Toni

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