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El respeto del Búfalo

El Búfalo es uno de esos personajes que en público lloran de risa apenas pudiendo modular las palabras. Uno de esos que uno se los imagina de fiesta todas las noches, con un vaso de cerveza en una mano y, con la otra, dibujando un corazón debajo de alguna falda. Uno de esos, como tantos otros, hasta que le prestas atención a sus letras, a las de Facebook o a las de su libro, o te pones a escuchar detrás de sus risas. El Búfalo es uno de esos seres donde dos cosas aparentemente opuestas conviven en armonía. Y ahí comienzas a ponerle más atención a sus palabras, esas que dice bajito y en tono burlón. Un poco más de atención, pegando un saltito para cazarlas en el aire cuando se quieren escapar antes de que las hayas pensado y repensado. Después de todo el Búfalo es un ser profundo, melancólico de a ratos, con subidas y bajadas como una montaña rusa, o como un escritor ruso (¿será por eso que les decimos montañas rusas?). Pareciera casi una persona bipolar por como lo cuento, pero en persona no da esa impresión.

Cuando salimos hacia el sur de España, para cruzar con el barco a África, paramos en Conil de la Frontera por una noche. El Búfalo nos recibió alegre, con los brazos abiertos y, para variar, sin casa. Eran uno de esos días de campaña para ver si dejaba de dormir en el Garaje, que se hizo conocido en el nicho del motociclismo de viajes español por su libro. Libro en el que relata sus aventuras y desventuras en el trayecto que realizó en moto desde Alaska hasta Nueva York en invierno y sin mucho equipo técnico. Libro que escribió desde ese mismo Garaje un verano en el que se quedó sin casa.

Caminábamos por las calles de Conil, iluminadas por las luces de los bares, cuando se me ocurrió preguntarle por qué los autos (carros) paraban cuando me tenían cerca para alejarse una legua de mi, casi rozando las paredes de las casas. “Parece que me tuvieran miedo o que no supieran manejar y pensaran que me van a golpear”, le dije. Giró la cabeza serio y neutralizando todo lo que podía el tono andaluz, para que le entendiera, me respondió: “Eso se llama respeto”. Y así, con una mirada y una frase de cuatro palabras me dejó boquiabierta pensando como pude ser tan estúpida para pensar algo así. Pero pronto me di cuenta que en Latinoamérica falta respeto porque las motos y cualquier vehículo a ruedas jugaban a ver cuánto iba a aguantar sin irme a la banquina si me pasaban a un milímetro del hombro. Incluso caminando por Buenos Aires incontablemente me chocaron y siguieron caminando sin mosquearse. ¿Y las veces que lo hice yo porque ya lo llevo internalizado? ¿Y lo mucho que me ofuscan los ciclistas que van por carretera? “¡Que poco respeto! El mío y el de mi continente”, pensé.

El respeto del Búfalo se me clavó dentro y le utilizo como una vara de castigo cada vez que hago algo indebido en la ruta. Ahora para pasar incluso una mosca me voy al otro carril todo lo que pueda. Tanta fiesta y tanta sabiduría dentro, pero no creo que sea por la fiesta; el búfalo ya vino así de fábrica. Ojalá que el respeto del Búfalo se nos pegue a todos, que los mosquitos lo distribuyan por ahí en vez del dengue y la malaria.

Pueden seguir a El Búfalo en Instagram o en una de sus páginas.

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2 comments

  1. Diego Morales

    Que respeto Búfalo!

    Hay un amigo que está de igual manera cruzando el continente para llegar a Alaska en invierno, tiene una página llamada Por las rutas de la libertad.

    Admiro de usted que más que su viaje o vivencias, la manera de narrarlo en primera persona permite a uno como lector adentrarse en el texto y casi vivirlo en carne propia.

    Felicidades por eso, saludos desde Costa Rica!

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