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Disertación sobre mi irreversible adicción al helado

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Me pasé 30 años de mi vida diciendo que no soy material de adicciones. Puedo fumar durante un año y parar cuando lo decida, probar lo que sea sin sentir impulsos de necesidad, dejar en el pasado grandes amores (más allá de que cada tanto los recuerde), comenzar y dar por terminado cuando lo creo oportuno y tantas otras más. Me pasé 30 años de mi vida mintiendo.

No soy material de las adicciones más usuales. Como siempre, hasta en esto soy un poco extraña. Mis adicciones vinieron conmigo. O elijo creer eso, ya que no recuerdo cuando comenzaron. Mi alma nómade, mi amor por los viajes (y minuciosidad al planearlos) y mi irremediable pensamiento continuo en un pote de helado me acompañan siempre. Pero no de esa forma que seguramente conoces, sino a mi forma (¿¡para qué un rosa si podés un fucsia!? Para qué tirarte de 10 metros si podés de 100 y… ¿cuál es el límite en el que seguís vivo pero casi casi no? Ese quiero).

Me di cuenta de la forma en que la gente se da cuenta de las cosas. Un momento de ocio a solas.

Érase una tarde soleada y calurosa de septiembre en Indonesia. Para ser precisos en Yogyakarta. Uno de esos días que uno se encierra con el aire acondicionado a trabajar hasta que baje el sol. No tenía ganas de mover un solo músculo porque me dolían todos y cada uno de ellos por haber merodeado por la ciudad en muletas el día anterior. Miré los cayos nuevos de mis manos, luego la puerta y pensé -“no hay chances de que la cruce antes de las 4PM”. Acto seguido -“a las 4 bajo a comer el otro pote de helado”. Pero no fue esa la señal.

Una hora después se cortó la luz. Chau aire, chau respiración, chau agua en la casa, chau wi-fi para trabajar. Nada de eso me importó. Mi mente se puso casi en blanco excepto por la imagen de mis tres kilos de helado hechos sopa. Agarré las muletas, bajé todo lo rápido que pude. Abrí y cerré el freezer como un relámpago para que no se descongele y comencé a disfrutar el primer medio kilo mientras miraba la bombita de luz y pensaba “prendete, prendete, prendete que mi estómago no alcanza para los tres kilos!”.

Ahí me di cuenta que tengo un pequeño “tema” con el helado. Más tarde, recordando ciertos momentos de mi vida, acepté que tiene más de extremo que de pequeño.

Por ejemplo, cuando estaba visitando Halifax (norte de Canadá) y crucé la calle en medio de una nevada nocturna para ir a comprarme helado. No parece loco hasta que le pones hora, grados y ropa. Eran las 12 de la noche y afuera del edificio hacían 28 grados bajo cero. Tenía unas zapatillas comunes y una campera para el invierno de Buenos Aires. No importó.

También cuando viajábamos por Cuba con presupuesto acotado reservé una parte para mi helado diario de un dólar. Era muy de supermercado barato pero, en ese lugar y después de unos días de abstinencia, terminó pareciéndome una textura cremosa y fría bajada del cielo. Podía ahorrar en comidas, transporte, medicina, lo que fuera pero ese pote color rosado era lo que se llevaba todo lo malo de mi cabeza y me devolvía la sonrisa en los momentos en los que más la necesitaba (suena casi casi como una droga).

Mi heladito semanal tan esperado (muchas veces subvencionado) era lo que me relajaba después de una semana estresante de estudio, leyendo en colectivos y sin ver la luz del sol por los trabajos prácticos de econometría.

Mis helados de “estoy triste así que me voy a hacer un regalo”. Admito que a veces me compraba ropa, pero la mayoría del tiempo ir al shopping me estresaba. Un helado sentada en una esquina con el viento de invierno dándome en la cara, mis mil abrigos abrazándome y mis pensamientos vagando por parajes de fantasía, sonaba, y suena, como una tarde increíble.

Incluso internada con 38.7 grados de fiebre, sola, en viaje, hecha un bollo contra la pared y tiritando de frío el primer sonido que hubiera brotado de mis labios si alguien me hubiera preguntado qué comería hubiera sido “helado e ibuprofeno para no morir en el intento”.

No me da vergüenza hablar de mi relación con él. La acepto. Cuando lo veo se me escapa una de esas sonrisas que sólo le dedicas a un gran amor. No importa el color, la marca ni el sabor. Hay tiempos para ser quisquillosos y otros que no. Sé que es un sentimiento de por vida, casi un matrimonio. Soy adicta al helado.

Si pasan por Buenos Aires les recomiendo (¡debería pedir que me patrocinen el post!):

  • Freddo: chocolate italiano.
  • Volta: dulce de leche con bombones de chocolate; cappuccino, frutilla con naranja, maracuyá y sabayón.
  • Persicco: todos los sabores al agua en especial frambuesa. También hacen malteada de helado que queda muy rica.

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8 comments

  1. “Hola, soy Vito, y soy adicta al helado”… podría hasta aventurarme a decir que estoy en un buen camino de recuperación. Volví de dos años y tres meses de viaje y los helados fueron poquísimos, pero debo confesar que en Florencia pagué… 12 euros por uno!! No un kilo… un cono! Y sí, el gelatto italiano es el mejor del mundo… pero le sigue el argentino, dicho por todos los que saben del tema y han probado todos.
    En Tailandia y Camboya me daba el “lujo” de clavarme el helado de dólar diario que mencionás… pero de a poco lo fui manejando.
    Pero cuando estaba en la previa, trabajando horas extra en Buenos Aires, ahorrando hasta en lo más mínimo, ahí sí mandaba la Gran Guada y dsp de una sopa instantánea me clava un cuartito de pote… 😉 invierno, verano, tarde o noche, ni la lluvia me detenía!
    A tus sugerencias dejame agregar (no sé si sigue existiendo) en Chungo: mousse de maracuyá.
    Abrazo!

    • Hola Vito!!!! jajaja, bien, otra más!!! Ahora me siento un poco más normal. Aunque 12 EUR un cono… creo que te dejo la corona a vos. 😛 Lo de la sopa y el helado es lo más. O helado con té en invierno. Voy a probar tu sugerencia. Graciaasss!!! 🙂

  2. Después de haber leído tu “bibliografía” al respecto, no me queda otra alternativa que abrirte los ojos para que traspases al siguiente nivel, el nirvana “heladístico” artesanal.

    Heladería Cadore – Cuenca 2977 (Villa del Parque, CABA)
    Heladería Chinin – Ruta 8 y Pueyrredón (San Martín) http://www.chinin.com.ar/ (para mí, los mejores helados de la provincia de Buenos Aires en cualquier gusto)
    Heladería Italia – Concepción del Uruguay, Entre Ríos

    Estas tres heladerías hacen parecer a Freddo, Volta y Persicco (todas provenientes de un mismo origen) como heladerías industriales de bajo costo. (La verdad es que lo son, pero ese es otro tema)

    Espero que puedas probar alguno de estos helados y puedas ver más allá del marketing.
    Abrazo.

    • Ahhhh!!!! por queeeee!!!! Necesitaba tu comentario un mes antes pablo! jajaja, ahora me queda pasar por Entre Ríos porque ya partí de Buenos Aires. Tengo una gran razón para volver en unos años. 🙂 Muchas gracias!!!!!

      • Doy fe de Cadore porque vivo a pocas cuadras. Te digo mas, en Cadore el dulce de leche natural que usan para luego hacer el helado de dulce de leche también es hecho por ellos.

        Como adicto al helado escucho a los que saben. Hace años, la dueña de Cadore (señora que hoy debe tener cerca de 90 años y sigue en la caja) me dijo que las heladerías se evalúan probando su dulce de leche y su vainilla… No me interesó prefuntar por qué así que no tengo la respuesta, pero sí una excusa para comprar helado en donde sea que vaya.

        Saludos Guada, hoy te escuché en metro y medio y me parecés una persona admirable, con muchos mas huevos que yo que no logro salir del gueto de la queja y sigo detrás de un escritorio aunque no me sienta feliz.

        Abrazo grande y buen viaje!!
        Nic

        • Tendré que volver a probar el helado de Cadore. 🙂 Fuerzas Nico para disfrutar el presente, no importa tanto que se hace sino la mirada y cómo se lo hace. Y sino a cambiarlo que se puede. Abrazo y buenos vientos para el camino que elijas!!!

  3. Hola Guadalupe! saludos desde Perú, Interesante tu Post♥
    Debo confesarte que para mi se me ha hecho una adicción el Helado!
    llevo ya 2 años y medio consumiendo helados a diario… y sí, puedo ahorrar para saber que al día siguiente probaré otro…
    :/ aunque siento culpa porque es la única cosa que me hace feliz y en parte ha afectado mucho mi salud, A los 18 podía comer 3 helados de 2 bolas por día! Actualmente solo 1 de 2 bolas a las 18 hras..
    Quisiera saber como controlaste o aún controlas este tema :'(
    Tengo 20 años , mido 1.58 y peso por los 44 kg

    Aquí los mejores los encuentras en la provincia de Tacna – Piamonte
    Y En Lima Heladería Speciale/ 4D

    Un abrazo!!

    • Hola Gabriela! En invierno no suelo comer cosas frías y es como medio año en mi país, por otro lado cuando viajo suele ser un lujo caro el helado por ende solo si quiero darme un premio por algo me compro uno. Igual con tu estatura (mido igual) 44 kg es flaca!!! Gracias por las recomendaciones de heladerías, estoy camino a Perú. 🙂 Abrazos!!

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